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Mariano Grondona
Las elecciones de hoy en el Uruguay se abren en tres hipótesis. Aún podría ocurrir que el ex presidente Lacalle venciera, en última instancia, al senador Mujica.
En tal caso, también vencería la continuidad de aquello que la política uruguaya ha sido desde el regreso de la democracia hace veinticinco años hasta nuestros días, tanto a través del Partido Colorado como a través del Partido Nacional e inclusive a través del Frente Amplio en la versión moderada que ha encarnado el presidente Tabaré Vázquez.
El problema es que, a partir de este primer "futurible" o "futuro posible" de la jornada electoral de hoy, que daría certezas, junto con la posible victoria de Mujica no asomaría "un" futurible sino "dos", sombreando al horizonte de su poder con una densa nube de incertidumbre.
Podría ocurrir, por lo pronto, que dejándose llevar por la suave brisa de la moderación, Mujica terminara asemejándose a Tabaré o al presidente Lula quienes, después de alarmar a la ciudadanía cuando eran candidatos, se corrieron sabiamente hacia el "centro" del escenario político y económico.
Si alguien objeta este diagnóstico aludiendo a las recientes sorpresas "hacia la izquierda" que viene de dar Lula al inclinarse por el ex presidente Zelaya en Honduras, al recibir al controvertido presidente iraní en Brasilia y al criticar abiertamente a Barack Obama, habría que contestarle que "este" Lula ya no es el que termina triunfalmente en 2010 sino "otro", el potencial candidato a la reelección después del período intermedio que terminará en 2014.
El segundo "futurible" de Mujica, que es la "tercera hipótesis" de este análisis, es el que inquieta. ¿Podría empujar al Uruguay, de vencer, ya no por la senda responsable de Tabaré o de Lula sino por la senda escabrosa de Chávez y sus acólitos latinoamericanos?
La pregunta es grave porque, de intentarlo, Mujica podría chocar de frente contra el sistema político uruguayo que, como se sabe, prohíbe de plano la reelección consecutiva e indefinida de los caudillos autoritarios, es decir el rasgo característico del populismo latinoamericano desde Caracas hasta Buenos Aires.
Mujica lleva en sus alforjas flechas de tránsito que apuntan en dos direcciones. Hacia la moderación apunta sin duda el segundo de su fórmula Danilo Astori, quien antes de ascender hacia la candidatura vicepresidencial había dejado la huella propia de un estadista maduro y responsable como ministro de Economía de Tabaré.
Pero también es verdad que el traumático pasado del propio Mujica y de su esposa, tanto cuando militaron con los Tupamaros como cuando sufrieron largos años de cárcel, podría haber anidado en sus mentes un posible revanchismo pese a que el pueblo uruguayo viene de ratificar en estas elecciones la amnistía que había promovido el presidente Sanguinetti en los albores del presente período democrático.
Ninguno de los que miramos este panorama con preocupación posee, desde luego, la bola de cristal. El propio Mujica se ha ocupado durante la campaña electoral de mulitiplicar las dudas mediante una sucesión de declaraciones contradictorias a las que separaban a veces algunos días y hasta algunas horas.
De él podría decirse hoy, entonces, lo que alguna vez dijo Winston Churchill de la Rusia de su tiempo, que es "un acertijo envuelto en un misterio dentro de un enigma". No ayuda al optimismo advertir, por otra parte, que Mujica, de vencer, contaría con una mayoría en las dos cámaras legislativas y quedaría, lejos, por ello, de un severo control parlamentario.
No podemos abrigar la certeza pero sí la esperanza, empero, de que en el caso de que se quisiera embestir sus defensas con el ariete del populismo, el sistema político uruguayo resistirá.
Hoy, junto con Brasil y Chile, Uruguay presenta el modelo de desarrollo político más avanzado de América Latina. Su equilibrado sistema de partidos, su larga tradición democrática, su rechazo efectivo de los caudillismos mesiánicos, las altas vallas que ha opuesto al reeleccionsimo, la continuidad de sus políticas de Estado, así lo atestiguan.
Una vez, cuando la nación italiana se formaba como un Estado moderno hacia 1870, muchos dudaban de su viabilidad.
El conde de Cavour, artífice de este proceso, respondió entonces a los escépticos con estas proféticas palabras: "Italia dará de sí".
¿Cómo no recordar esta animosa frase en relación con esa maestra en democracia que, para quienes la miramos desde la otra orilla, es la nación uruguaya?
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