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El pasado jueves, a media tarde, a pleno sol, en plena Ciudad Vieja y ante numeroso público, un turista belga con aire distraído, tomaba fotos de la arquitectura circundante. De repente, un muchachón se lanzó hacia él y hundió la mano en un bolsillo. El belga no estaba tan distraído. Fue rápido: se agachó para evitar que su atacante pudiera sacar algo del bolsillo lateral y se trabó en lucha. Finalmente, a mordiscos, logró disuadir al delincuente. Éste huyó, aullando de dolor, mientras que unos jóvenes espectadores con aire cómplice, reían ante la torpeza del rapiñero frustrado. ¿Pensarían que ellos lo habrían hecho mejor? Fue la única reacción del público. Había allí un vendedor ambulante y muchas personas más, pero ninguno ni se acercó.
El belga, solitario, recogió su cámara de fotos y otros enseres y partió hacia sitios aparentemente más seguros. Luego de caminar algunas cuadras advirtió que había perdido los lentes y volvió al lugar del hecho. Los logró encontrar, antes de alejarse presuroso.
Así como nadie ayudó al visitante que creyó que estaba en un país turístico, con policía turística a su alcance, nadie hizo la denuncia del caso.
Por lo tanto, este intento de rapiña con final relativamente feliz, quedó como hecho real sólo en el reducido ámbito de los protagonistas y de los espectadores pasivos arriba mencionados.
¿Cuántos incidentes análogos quedan sin denunciar? Muchísimos, ya que las víctimas de los delitos piensan que las denuncias son inconducentes. Una pérdida de tiempo. Y que más vale seguir camino y no internarse en el fangoso laberinto burocrático que una denuncia puede generar.
Son realidades de este país donde periódicamente se nos muestran estadísticas sobre delitos, desde las cuales se pretende mostrar cómo fluctúa la criminalidad. Mientras tanto, un mundo paralelo de inseguridad, de temor, de desamparo, sigue su camino. Como siguió su camino el belga que el jueves pasado, tras recoger sus lentes, cargó su bolsa al hombro y se retiró, a pasos largos, cruzando la Plaza Zabala.
Es una estampa ciudadana imperdible. Una estampa que dice mucho del Uruguay actual. Una estampa que hoy importa.
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