Leonardo Guzmán
La partida súbita de Enrique Mena Segarra nos devolvió a meditar temas que Jorge Manrique cantó hace más de 500 años y el Antiguo Testamento hace miles. Por cierto no nos despertó a contemplar "cómo se viene la muerte tan callando". Eso hoy lo sabemos todos: nos lo martillan las crónicas policiales, las guerras injertadas en la paz y hasta la propaganda de los cementerios privados y el aborto: la muerte se publicita.
Nos hizo pensar, eso sí, "cómo se pasa la vida". Su jornada "pasa", sí, pero su contenido y su destino no merecen disolverse en un "se" impersonal pues surgen de la actitud y el quehacer de cada uno. Mena era hombre de convicciones. Las defendía ardorosamente, elucidando conceptos desde su perspectiva histórica, que a fuer de completa y vital se le fue transformando en filosofía.
Toda disciplina que se cultiva a fondo amplía los horizontes hasta enlazarse con la lógica, la moral, la metafísica y la sabiduría de los principios. Sucede hasta con las ciencias duras, pero ocurre especialmente con la historia y el Derecho, cuya materia prima común es lo que siente, piensa y hace el hombre.
Por eso, no es de extrañar que al profesante y profesor de historia que supo ser Mena, la hondura en la convicción se le hiciera conciencia de la libertad del otro y comprensión profunda de los avatares de su tiempo.
Hay un modo blanduzco e insípido de parecer liberal: no abrazar ninguna bandera, desentenderse de todo y hamacarse en la relatividad para que todo resbale y nada se pegue. Lleva a la banalidad.
Hay otro modo robusto y riguroso de ser liberal: luchar por ver claro, definir verdades básicas, apostarse a ellas y, firme en sus certezas, respetar al adversario y defenderle su libertad. Lleva a la personalidad y a la institucionalidad.
Cuentas hechas, de la libertad aprende mucho más el convencido de algo que el neutro ante todo. Con Mena -él blanco, yo batllista- nos reencontramos siempre en esa postura, racional y dulce a la vez, que ¡vaya si merece revivirse en esta vigilia preelectoral 2009!
Los problemas que sufre el Uruguay tienen su matriz, más que en yerros prácticos, en errores teóricos. Uno de ellos se da en el concepto de la historia. Disolver lo admirable o execrable de cada momento y cada protagonista en una papilla socio-económica sin hoguera en las conciencias y sin noblezas sobresalientes transmite determinismo y resignación. Pero eso lleva a olvidar que la historia es vodevil, comedia, drama y tragedia que se plantean y resuelven en el horizonte de conocimiento que alcanza cada persona y cada pueblo.
En el Uruguay, instalando la idea abstracta de "procesos sociales" hemos apagado la luz de lo personal concreto. Y así andamos.
Hemos pactado con la decadencia por olvidar que la historia es pensamiento y acción y por aceptar que se le llame "cultura" a cualquier costumbre grupal, perdiendo la emoción por lo bello y el repudio por lo feo y habituándonos a no ver clara la frontera entre el himno y la murga ni entre la ley y el delito.
La laya de vida que apareja tal disloque hace que, gane quien gane el domingo, nuestra trinchera deba forjarse recuperando el sentimiento de la historia como memoria y como proyecto común, para terminar con la reducción del hombre por los fanáticos y los relativistas, para -con Mena y Pivel en la comarca y con Aristóteles y Croce en el mundo- sentir que la historia del Uruguay del mañana volverá a ser vivida como hazaña de la libertad.
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