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El candidato presidencial que marcha primero en las encuestas ha creado un personaje, como si se tratara de un comediógrafo dispuesto a generar una silueta de ficción. Hace medio siglo, otro candidato que se llamaba Benito Nardone también había inventado un personaje de carácter similar, al que llamaba Chicotazo para que condujera su programa radial, a partir del cual saltó del ruralismo a la política nacional. Así conquistó una notable popularidad que le permitió en 1959 llegar al poder, compartiendo la victoria electoral del herrerismo, y ocupar la presidencia del Consejo Nacional de Gobierno. Ahora, este otro candidato también apuesta al perfil popular de su personaje, que tiene el acento, el carácter y los rasgos de humor costumbrista de las tradicionales viñetas campestres, echando mano a una modalidad de expresión verbal que desde las viejas épocas del sainete criollo se denomina cocoliche, es decir una "jerga híbrida y grotesca" (según el diccionario de la lengua castellana) que en aquellos casos teatrales mezclaba el español con el italiano, pero que en el caso actual deforma simplemente el idioma con similar tendencia paisana y abundante pérdida de letras en ese camino coloquial de tinte casi gauchesco.
El candidato, por ejemplo, se saltea todas las eses al final de las palabras y así dice "vamo`a suponer", "empezamo`a hacer" o "entonce`hablamos". El personaje creado por el candidato es un viejo criollo y ocurrente, con inclinación por emplear refranes y un frecuente toque de gracia socarrona para la que no existen las eses que deberían separar oralmente ciertas palabras de la preposición o el verbo que las sigue. Según declaró el propio candidato en el curso de una entrevista, al referirse a los intelectuales uruguayos, él también era un intelectual que sin embargo debió adoptar el estilo verbal que lo caracteriza al caer en prisión, para "poder sobrevivir", de acuerdo a lo que dijo. De todas maneras es curioso que no haya abandonado ese estilo al recuperar la libertad, y sobre todo al asumir cargos públicos, porque según las normas de la psicoterapia todo individuo tiende a borrar de su memoria -o a bloquear en el fondo de sus recuerdos- las experiencias ingratas que ha vivido, junto con lo cual debería producirse el abandono de los hábitos que acompañaron esas experiencias.
Pero en el caso del candidato presidencial, tales coordenadas no se han cumplido, lo cual permite evocar el caso de ciertos exiliados que siguen hablando como lo hacían en su país de origen y no como se habla en el lugar al que han tenido que mudarse forzadamente, demostrando que en su interior siguen viviendo en el sitio que dejaron atrás, con todas las implicancias que supone ese otro exilio mental. Ante ese cuadro y sus inseparables entretelones, surgen unas cuantas preguntas a propósito del personaje dentro del cual se cobija el candidato. Cabe preguntar por ejemplo a qué sector de población se dirige el candidato cuando se complace en utilizar palabrotas que parecerían formar parte del léxico de una camaradería de esquina -por decirlo suavemente- y no del vocabulario o la formalidad que corresponden a un debate público, una nota periodística o un acto político. Cabe preguntar también si con ese léxico trata de impedir que la pobre gente -a la que parece dirigirse como interlocutora más probable- corrija su penosa manera de hablar y se contagie en cambio de las libertades más bien gruesas que el candidato se permite en materia de lenguaje.
Cabe igualmente preguntar qué cree el candidato que piensan los demás cuando oyen algunas de sus frases más pintorescas, sobre todo si quienes lo escuchan pertenecen a sectores medianamente ilustrados. Cabe además preguntar si al hablar como lo hace, considera que ofrece un ejemplo aceptable para la masa de estudiantes uruguayos que en general padecen un escaso dominio de la lengua mientras se dedican a usar términos que sólo ellos comprenden y frases que sólo ellos son capaces de confeccionar para uso interno, a pesar de que el castellano sufra las devastadoras consecuencias. Cabe por último preguntar si el candidato cree que conviene transmitir ideas, invocar principios o manejar valores con semejantes herramientas sonoras, porque hay otra gente convencida de que un riguroso compromiso con el idioma forma parte de un vasto compromiso cultural que no debería ser ignorado por un candidato presidencial. Pero por lo visto, todo es opinable.
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