Antonio Mercader
Un Uruguay partido en dos mitades saldrá de las urnas el próximo domingo. Quienquiera sea el ganador, su primera misión consistirá en acercar a los dos bandos en pugna. Tanto Lacalle como Mujica se declararon dispuestos a hacerlo pues esa es la actitud que el país espera y celebra. Prueba de ello es la adhesión que concitaron hace poco los abrazos de Tabaré Vázquez con sus antecesores en el cargo. Ese gesto, aparte de simbolizar lo que la gente quiere, enlaza el sentido común con la voluntad de la mayoría: concluida la campaña, llegará la hora de echar los cimientos del nuevo período de gobierno.
Claude Levi-Strauss, el célebre antropólogo francés que acaba de morir, auscultaba la evolución de las sociedades en función de sus "pares opuestos" (derecha-izquierda es uno de ellos así como creyente-ateo, tradición-modernidad, etc.). Romper ese esquema binario y conjugar ambas tendencias es el permanente desafío de los políticos. Quizás algo de esto barruntaba Vázquez el mes pasado cuando dijo que en este balotaje, antes que dos modelos de país, se cotejaban dos formas de gestión. En otras palabras que no había tanta distancia entre las dos mitades.
Lacalle encarna la tradición política liberal y la capacidad probada de gobernar. Mujica personifica el cambio dentro del cambio que significa para el país un gobierno de izquierda.
Lacalle pone un acento más fuerte en la producción ante un Mujica más interesado en la distribución. Atento el primero al orden de las finanzas públicas, inquieto el segundo por las reacciones de la gente. Lacalle ya gobernó y sabe que no se puede satisfacer a todos a la vez pues los recursos suelen ser más exiguos que las demandas y, por tanto, siempre habrá descontentos. Mujica, a su turno, parece convencido de que se pueden colmar los anhelos colectivos.
Ojalá que así fuera. Pero el quinquenio por venir no pinta igual que el que pasó. Nadie se atreve a augurar un nuevo ciclo de bonanza de precios ni de baja tasa de interés, las dos bendiciones de estos últimos años. Al contrario, economistas de todas las tendencias vaticinan que será difícil sostener el actual presupuesto estatal elaborado para un tiempo de vacas gordas. Su natural crecimiento -servicio de la deuda, salarios, inversiones - determinará aumentos en impuestos y tarifas públicas, o acrecer un déficit que hoy se aproxima al 3% del PBI, lo que es decir. En suma, el sucesor de Vázquez la tendrá más difícil.
Es bueno que los electores recuerden estas cosas el próximo domingo a la hora de votar. Que tengan claro que la aparente holgura de estos tiempos no está garantizada para los próximos años. Que en el 2009 el gobierno multiplicó los panes y los peces en una actitud de "tirá que se derrame" practicada -hay que decirlo- por casi todos nuestros gobiernos en año electoral. Que hay que advertirle al país que debe prepararse para afrontar tiempos menos generosos. Por último, que la mayoría parlamentaria y el calor popular no aseguran respuestas adecuadas a los retos que vendrán.
Por todo eso, al final de esta maratón electoral, quisiera quedarme con dos imágenes de la campaña. Una, más reciente, la divulgada por la fórmula Mujica-Astori en la cual desfilan uruguayos de diversa edad y condición, cantando todos a coro ese himno popular que es "A don José", de Ruben Lena. La otra imagen, la que quisiera ver hecha realidad, es la de Lacalle con su mano -tendida en ademán de entendimiento- y estrechada, al fin, por su ocasional adversario.
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