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Hebert Gatto
Tal como era de esperar, nuevamente primaron los intereses sectoriales y los uruguayos quedaremos sin debate. En una campaña signada por la abulia, la decisión de no arriesgarse aunque ello atentara contra los intereses generales, supuso que dejara de brindarse a los electores una información que seguramente hubiera enriquecido su capacidad de decisión. La izquierda, seguramente temiendo al escaso autocontrol de su candidato y a la posibilidad de cualquier traspié de su parte, se negó a confrontar. Una posición contraria a su clásica definición como un partido de ideas dispuesto a demostrar en todos los terrenos la superioridad conceptual de sus posiciones.
Aun si la realización del debate hubiera supuesto arriesgar ventajas, nadie en ella se detuvo a pensar que si la democracia es la mejor forma de gobierno, no lo es únicamente porque suponga el gobierno de la mayoría, sino porque se define por el intercambio público de ideas; por la posibilidad que las decisiones se enriquezcan cuando son producto de un debate colectivo donde las razones y argumentos de unos necesariamente inciden en las de otros. Tanto que en las modernas concepciones de la democracia, conocida como deliberativa, cada vez resulta más importante el proceso de intercambio argumental, en el Parlamento entre los representantes y fuera de él, de ellos con la opinión pública. Una concepción que también alcanza a la ética pública, que únicamente puede encontrar su fundamentación en el intercambio comunicativo y el acuerdo fundado entre los involucrados por sus máximas.
Se alegó por el Frente, y ese fue su argumento explícito para rehusarse al debate, que el mismo resultaba impedido por los avisos encubiertos difundidos por sus adversarios blancos, sugiriendo su implicancia con el depósito de armas recientemente hallado. Pero la crítica, con ser cierta, no justifica en modo alguno que se prive a un tercero ajeno, como era en el caso la ciudadanía, de una información gravitante para su ilustración. De allí que luciera como un pretexto muy poco consistente.
Aun más graves fueron otras ausencias en la campaña. Me refiero a una serie de limitantes ocultos que sancionaron como "políticamente incorrecto" todo análisis del pasado político de nuestro país o de sus ideologías partidarias. Ni los anteriores gobiernos del Partido Nacional ni el pasado de la izquierda y sus variaciones ideológicas, fueron tema de discusión, pareciendo que mentarlos constituyera una grave incorrección o, en el mejor de los casos, un anacronismo imperdonable, sin nunca reparar que un hombre y mucho más un partido, son tanto su presente como el pasado que los conformó.
Como si todo se impregnara de una liviandad posmoderna, aquello que debiera importar, más allá de lo coyuntural, estuvo omitido de una campaña tentada por el agravio. Sólo como ejemplo: ¿qué tipo de nacionalismo practica hoy día el Partido Nacional?, ¿cómo se compatibiliza ese tipo de nacionalismo con el cosmopolitismo del Partido Colorado, que lo apoya electoralmente? O, en el otro extremo: ¿qué piensa del socialismo el FA?, ¿es cierto todavía que una cosa es el gobierno y otra el poder que debe ganarse?, ¿continúa vigente la lucha de clases en las sociedades capitalistas de occidente, siendo la política una expresión de ella?
Las preguntas podrían multiplicarse pero desgraciadamente nadie quiso efectuarlas.
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