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La democracia no es un sistema político que haya nacido adulto, sin imperfección, que no encierre riesgos de ser desvirtuado, que no incurra en censurables demagogias... y así se podría seguir enumerando características negativas. Pero, al mismo tiempo, habría que apuntar que ningún otro sistema se identifica más con el hombre común, ni respeta sus derechos, ni atiende y fomenta sus aspiraciones y lo tiene como centro de su quehacer permanente. Por añadidura, es tal su vigencia y su fortaleza que F. Fukuyama deduce que con él ha terminado la historia, en el sentido de que culmina en la democracia la evolución política de la humanidad, no hay nada más allá de su concepción y, sobre todo, porque se ha sobrepuesto y vencido cuantos modos de gobernar la ignoraron, negaron y persiguieron.
Atenas es vindicada como la primera fuente democrática de la historia. En un proceso que llega a su cúspide en el siglo V a.c., esa sociedad suplantó su organización política basada en los derechos que genera el nacimiento (genos) por la estructuración territorial de la misma (demos). Se consideró, entonces, que gobernaban no los privilegiados por los ancestros o por la fortuna sino por estar registrados en la circunscripción en la que habitaban. El gobierno del pueblo o democracia fue más bien ilusorio ya que quedaba excluida la gran mayoría de la población (mujeres, extranjeros, esclavos) pero introdujo principios fundamentales que siguen siendo tales hasta el día de hoy.
Roma -aparte de su enorme contribución al derecho- aportó una idea o, mejor, un sentimiento muy fecundo: el país entero es una "cosa de todos" (res pubblica), que no pertenece a ninguna casta privilegiada sino al común de la gente.
Tienen que transcurrir muchos siglos -haciendo a un lado algunos intentos medioevales- para que las ideas democráticas fructifiquen a lo largo del s. XIX en suelo británico, fecundadas previamente por la Ilustración, a través de Montesquieu, mediante la revolucionaria separación de los tres poderes clásicos.
Su avance resulta incontenible en todo el mundo. No lo detienen ni los regímenes liberticidas (nazismo, fascismo, comunismo, etc.), ni las tradiciones tribales, ni las dictaduras militares. Siempre se vuelve a una forma democrática. Fukuyama parece tener razón. Aún así, sus principales enemigos proceden de su interior, aunque no son exclusivos de ella: ineficiencia, corrupción, debilidades institucionales, fallas en la educación, desigualdad de ingresos, abusos (incluidos los sindicales), etc.
América Latina ha sido (¿o es?) ejemplo típico de estas anomalías. Sin embargo, para el especialista británico Michel Reid, por primera vez en la historia de nuestro continente, han surgido gobiernos democráticos genuinos y duraderos, aunque todavía no han consolidado el Estado de derecho.
Por encima de todos ellos emergen -porque sí son democracias consolidadas, según Reid- tres países: Costa Rica, Uruguay y, en menor medida, Chile.
Esta aseveración impone una reflexión final. La democracia, como ya se ha dicho, no nace madura, adulta. Al contrario, en sus primeros pasos -tantos los dados por los primitivos helenos como por los británicos- es imperfecta, limitada y expuesta al colapso en cualquier momento. Pero, a veces, llega a un punto de su evolución en que se la considera consolidada, es decir, irreversible, inmune a cualquier situación que pueda significar una marcha atrás. Ahora bien, nos preguntamos, si el Uruguay es una democracia consolidada, ¿está expuesta a una regresión si, como resultado de la inminente elección presidencial, llega al Ejecutivo (ya domina en el Legislativo) un representante de quienes no se caracterizan por tener "consolidadas" convicciones democráticas? ¿Podremos tener fe en quienes creen que "en política, nunca se puede decir nunca más", aludiendo a la lucha armada que protagonizaron en el pasado.
La ciudadanía uruguaya, ante las urnas, debe tener en cuenta si nuestra democracia consolidada está en riesgo de debilitarse o no, de ser revertida por grupos radicalizados que siguen pregonando la violencia revolucionaria. No es un planteo retórico ni una especulación sin asidero en la realidad.
Honesta pero categóricamente debemos decir que no tenemos ninguna confianza ni la trayectoria, ni en el pensamiento ni en las eventuales acciones del presidenciable Mujica y de su sospechosa "barra". Y además, la sombra de Chávez sobrevuela.
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