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Julia Rodríguez Larreta
Es común que al conversar con los argentinos respecto de la situación política uruguaya, las elecciones y lo que puede significar el triunfo de uno y otro candidato para el futuro del país, no pasen más de unos segundos sin que aparezca la inevitable comparación con el acontecer argentino y el gobierno de los Kirchner. Parece que estamos fatalmente obligados a mirarnos en su espejo, ya que las observaciones y comentarios, habitualmente se asocian o contraponen con la circunstancia argentina. Y no ocurre esto sólo entre quienes poco saben o les interesa la política -y menos la uruguaya- sino que sucede lo mismo al hablar con personas que deberían estar bien informadas. Existe una especie de visión egocentrista que los lleva a que lo de Uruguay siempre se mida en función de lo argentino. Y como "en tierra de ciegos el tuerto es rey", (no proviene del latín la frase, pero es bien gráfica), no hay por qué preocuparse por el resultado del 29 de noviembre. Gane quien gane, todo andará bien, suponen.
Por un lado, habría que alegrarse de que esta idea se asiente en una gran confianza en la solidez de la institucionalidad uruguaya, pero revela también un conocimiento muy superficial de lo que ha sido este primer gobierno del FA y de lo que puede llegar a ser uno próximo. De la importancia de lo que está en juego en estos días y la explicación de por qué una buena parte de la población se angustia ante pronósticos que dan ventaja a la fórmula oficial.
Razones no faltan, si se profundiza un poco en la herencia legal que deja este gobierno, con todo un entramado de leyes mal hechas y erradas, como la de ordenamiento territorial, la educativa, la tributaria o el corsé laboral armado, que encarece y desalienta la producción y el empleo. A lo cual se suma lo que trasciende del pensamiento del candidato frentista, más allá de su inadecuado currículum vítae. Si se intenta analizar lo que trasunta de su proyecto de país -a pesar de sus contradicciones- y el de la gente que lo rodea, con su pasado guerrillero a cuestas.
Por más carisma que tenga José Mujica, tanta como escasas credenciales para gobernar, al contrario de la conocida capacidad con que cuenta su adversario, Luis Alberto Lacalle, ex Presidente, y es lo que realmente vale, si de elegir la Presidencia se trata, para el primero ha sido una gran suerte la existencia de Lula.
Ante las lógicas dudas de cualquier ciudadano pensante, (recordar lo que de Mujica decía, su ahora enamorado vice, Danilo Astori ) que provocan su evidente escasa preparación, sus inconsistencias y sus contrasentidos, su pasado sedicioso nunca renegado y el entorno de la "barra", (si el FA y el país quedan prisioneros de esa "barra" estamos muy pero muy j... Dixit Valenti 21/12/08), se conforman con la ilusión de que suceda algo semejante a lo acontecido con el ex obrero metalúrgico, líder del Partido de los Trabajadores.
Pero no debe simplificarse de esa manera, porque hay marcadas diferencias. Para empezar, Lula fue un activo dirigente gremial, pero no formó parte de un grupo armado que buscó derrocar a un gobierno democrático creando un clima de miedo e inseguridad, con bombas, secuestros, muertos. Su partido, el PT no fue la mayor fuerza en el Parlamento brasilero, Lula tuvo que buscar el apoyo de otros partidos y fueron expulsados varios radicalizados del propio. A su vez, para conducir el Ministerio de Hacienda y el Banco Central, puso en el cargo a personas muy distantes de su grupo partidario, como Antonio Palocci y Henrique Meirelles, respectivamente. Además, en Brasil hay instituciones como la Confederación Nacional de Industria que tienen un enorme peso y es bien conocida la prevalencia de Itamaraty en lo que a relaciones exteriores y estrategia geopolítica se refiere, con una gravitación que se extiende más allá de los gobiernos de turno.
En cambio, los compañeros del MPP, serán el mayor grupo en la bancada frentista, con su propia esposa como primera senadora. La cual hace unos días volvió a hacer alarde de su nulo arrepentimiento sobre su pasado sedicioso y por tanto, de los crímenes cometidos en plena democracia. Postura que coincide con las declaraciones de su marido, al diario La Nación, donde afirmó que "la violencia en Uruguay fue justificada". Y hay muchas otras señales inquietantes de quienes podrían tener un absoluto control del poder. Por ejemplo, su cercanía con Hugo Chávez, mandatario que llegó por las urnas, pero que visiblemente no es un demócrata. Al que le abrieron las puertas del Mercosur, sin un consenso nacional. Incorporando a un Presidente que practica la retórica belicista, gastando enormes cifras en armas (8 mil millones dólares), mientras gran parte de su pueblo sigue viviendo en la pobreza y la miseria, padeciendo una inflación (26% anualizada) que castiga a todos sin distinción. Quien promueve la guerra, con su secuela de horrores y sufrimientos y acaba de enviar 15 mil hombres a la frontera con Colombia, lo que equivale a prender una mecha que puede hacer explosión por cualquier motivo. Alguien que avasalla sin miramientos a la Justicia, al Poder Legislativo, a la libertad de expresión y la de educación.
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