Ricardo Reilly Salaverri
El pasado martes encendí temprano en la mañana la televisión. Puse el primer canal nacional que encontré. Lo hago todos los días y es mi único contacto con eso que se llama "televisión nacional", a fin de saber cuál es la temperatura antes de salir a la calle.
En este caso al azar me tocó Canal 4, Montecarlo. Pudo ser cualquier otro.
La experiencia hubiese sido la misma. No hay diferencias sobre el tópico que comentaré.
Me disponía -"off" mediante- a sortear el refrito de noticias en las que abunda lo ya sabido, lo macabro salpicado por notas de la crónica roja y la perorata futbolera, cuando recibí un mensaje de atención. El "informativista" (podría decirse el "desinformativista" al que -como a casi todos sus pares- recordando al incomparable "Minguito", al respecto les cabe un "se lo mismo"), anunció que en segundos nada más estarían presentes los integrantes de la fórmula presidencial opositora y demócrata: doctores Lacalle y Larrañaga.
Ingenuamente me dispuse a presenciar la entrevista con la esperanza de que al menos por una vez, a esta altura de las circunstancias, un supuesto periodista interrogase a los interlocutores sobre propuestas de gobierno y -por ejemplo- sobre las primeras veinte medidas a adoptar de llegar a las responsabilidades para las que se proponen. Amén de la receta sobre como hacerlo. Fui un "perejil". Olvidé que el "periodismo" especialmente el de los desinformativos televisisvos, perdón quise decir los informativos, ha dedicado -notoria, probada y secularmente- complacientes segundos de atención al malhablado y disfrazado candidato tupamaro y a su alter ego ilustrado, con abrumadora diferencia de espacio respecto a los concedidos a la oposición. Con cara de sagaces interrogan, por ejemplo, al "Pepe" sobre "cuál es el color del caballo blanco de Napoleón", pero al mismo tiempo arman su arsenal para esperar a la dirigencia de la oposición con un bagaje de artillería malintencionada, ajena a lo que está en discusión en el fondo histórico de las cosas, y que hace al interés del futuro nacional y popular.
Fui testigo entonces de lo que bondadosamente puede calificarse en lenguaje corriente -tan en boga en tiempos de la candidatura "boca sucia"- de una entrevista llevada adelante con feroz partidismo frentista indisimulado y absoluta "mala leche".
No hubo una sola pregunta relevante, muy posiblemente porque al interrogador de turno no le daban los conocimientos como para hablar de temas consistentes de gobierno, y la cosa derivó a asuntos totalmente accesorios como el por qué de determinados "spots" publicitarios de la fórmula allí presente, y quién los había hecho, más otras estupideces de similar tenor.
No obstante, el final fue propio de una obra wagneriana -con perdón de Wagner- y consistió en lo que sigue. No sólo el desinformativista montecarlino de la mañana permaneció en el malintencionado laberinto que llevaba pergeñado, sino que al cierre, como si fuese un acto de información objetiva, dando muestras de su mala educación, sometió a los Dres. Lacalle y Larrañaga, a atender un monólogo de un notorio militante frenteamplista, Gerardo Caetano, parte de la extendida epidemia de opinólogos que ha sucedido a las viejas pestes amarillas, quien se dedicó como cierre del "reportaje" y sin derecho a réplica, a decir como según su sabiduría, las elecciones estaban ganadas por el señor de la triste apariencia y peor decir.
"Es lo que hay valor". Kessman dixit. Y, es así.
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