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GUSTAVO PENADÉS
El perfeccionamiento de las instituciones políticas es un fenómeno que las sociedades occidentales presentan como una constante y del que nuestro país no es una excepción. Consolidada su independencia, al influjo de hombres y doctrinas el desarrollo institucional se fue consolidando encontrando expresión clara en los textos constitucionales y legales aprobados a lo largo de los años.
Concomitantemente se produce otro fenómeno. Esto es, la generación de tradiciones políticas que extraen su fuerza de la convicción de los actores de la necesidad de adoptar determinados procederes. Tradiciones que, en el caso uruguayo, generaron formas de convivencia pacífica y democrática constituidas en ejemplo para el mundo entero.
En tal sentido se destaca la concreción de un progresivo convencimiento en la necesidad de acuerdos que trasciendan las sucesivas administraciones y la obtención de consensos en determinados temas.
Una muestra de lo que venimos expresando lo constituye la decisión adoptada por el Dr. Lacalle de consultar a líderes de todos los partidos a la hora de la conformación del Mercosur.
Todo esto es importante a la luz de algunas teorías que avanzan en sentido absolutamente contrario; propendiendo, de manera más o menos velada, a una suerte de refundación institucional que halla sustento en la creencia de que el triunfante obtiene el derecho de proceder con prescindencia de toda otra opinión. Tal idea no es novedosa y ejemplos de su aplicación hay muchos.
Nuestro país, en el que rige la representación proporcional integral con la sola excepción de los gobiernos departamentales, el partido político que obtiene la mayoría parlamentaria no puede obviar la circunstancia de que los ciudadanos también otorgan un claro mandato al no optar por el partido mayoritario y sí hacerlo por los otros.
No es de recibo, entonces, aceptar la idea de que la mayoría parlamentaria sumada al ejercicio de la Presidencia autoriza a proceder con exclusivismo, esto es, ejercer un gobierno de partido.
Se ha sostenido que la coincidencia programática entre los partidos políticos y el reconocimiento de la oposición a muchas acciones implementadas por el gobierno implican que no existen diferencias, y que, por tanto, ello justifica el ejercicio absoluto del poder. Nada más alejado de una visión moderna, pragmática y constructiva de la acción política, al menos como la entiende y ha defendido el Partido Nacional.
Sí algo consideramos que es positivo debemos señalarlo. Más, ello no significa que no existan visiones diferentes en cuanto a cómo se alcanzan los objetivos compartidos. Tomemos para ejemplificar el reclamo por mejorar la calidad de la formación secundaria. Para ello podrán existir caminos diferentes. Unos querrán eliminar los institutos privados mientras otros pasarán por complementar los esfuerzos del sistema público y privados, y otros dejar todo como está y abordar el asunto desde otra perspectiva.
Lo cierto, es que superar las visiones ideológicas y obtener respuestas no excluyentes, equilibradas y comprensivas de toda la sociedad -no solo de una parte de ella-, es el mayor y más importante desafío que el sistema político y el Uruguay tienen por delante.
"Superar las visiones ideológicas y obtener respuestas no excluyentes, equilibradas y comprensivas de toda la sociedad".
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