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Lamentablemente, en este país no hay cultura para el debate entre candidatos presidenciales, ni siquiera en una instancia definitiva de balotaje. Parecería que a la mayoría de los ciudadanos no les importa que quienes piden su voto para ocupar la primera magistratura por cinco años, consideren irrelevante presentar, "de frente y cara", sus propuestas, confrontarlas y defenderlas. No hay ninguna presión por parte de quienes tienen el arma suprema del sufragio para decidir el futuro de su (nuestro) país; no castigan a aquel que rehuye el debate de ideas. Faltan -y lo decimos con dolor- convicciones republicanas para obligar a los candidatos a que expongan en público y ante su rival, qué rumbo han de imprimir en un eventual gobierno. Algo que a todos importa o debería importar.
El debate que reclamamos no incluye ningún capítulo que apunte a remover o hurgar en el pasado de los candidatos. Lo que cada uno hizo o no hizo, lo que cada uno dijo o no dijo ya es historia. No se puede cambiar. Lo que sí debe clarificar esa confrontación de ideas es qué se escribirá en las páginas en blanco de los próximos años. Intentar asumir certezas sobre cuales serán los caminos que se pretenden transitar, cuales son las metas que se proyectan y como se alcanzarán. Pero, lo del principio: no hay cultura en nuestro pueblo para exigir que eso se cumpla, y a algunos candidatos les permite seguir andando por un sendero nebulón porque nadie le reclama que diga y defienda públicamente sus propuestas. Las encuestas, los grandes oráculos políticos, no reflejan ninguna sanción para el candidato que se niega a debatir; no hay pérdida de intención de votos y mucho menos que obedezca a la falta de seguridad y transparencia de sus ideas que refleja esta "disparada".
Apenas terminadas las internas y nominados los presidenciables, Lacalle invitó a Mujica para confrontar sus proyectos de país. Primero recibió una negativa y luego una propuesta de debatir entre cuatro (las fórmulas), algo bastante traído de los pelos, que daba la sensación de requerir un apuntador por si la mano venía mal. Y un absurdo: se supone que los que encabezan un gobierno, le imprimen un rumbo y asumen sus responsabilidades, sus fracasos y sus éxitos, son los presidentes. Nadie habla, por ejemplo, del gobierno de Batlle y Hierro o de Vázquez y Nin Novoa. Es el gobierno de Batlle y el gobierno de Vázquez. Punto.
Pero tras los resultados de la primera vuelta, el Partido Nacional aceptó el encuentro de cuatro e incluso planteó su limitación a temas concretos: por ejemplo, seguridad pública, empleo, educación, relaciones laborales, política exterior. Fracasó y, lo peor, es que la nueva negativa a debatir no sorprendió a nadie, porque nadie creía que la fórmula frenteamplista tuviera la mínima intención de debatir. Y si nombraron una comisión para acordar sobre este tema fue al solo efecto de "jugar para la tribuna".
Resulta mucho más fácil y menos comprometido manejarse con un "programa electoral", donde los contenidos solo apuntan a recoger votos, que enuncian propuestas "maravillosas" pero esconden cómo se van a alcanzar; y los temas polémicos y las indefiniciones son directamente soslayados. En un debate, en una confrontación con el adversario, mantener todo eso oculto es muy difícil, imposible diríamos. Y se ve que no hay muchas intenciones de clarificar, porque las penumbras le han dado buenos resultados por más que signifique una bofetada a aquella vieja consigna de que "el pueblo quiere saber", porque parece que "el pueblo NO quiere saber".
Es una lástima también porque el debate sería una muestra de civismo tras una etapa de acusaciones muy duras. Ver a los candidatos exponiendo en tono educado, con altura y seriedad sería un formidable mensaje a los uruguayos, no solo para disipar dudas sobre el futuro sino para trasmitir la madurez y la grandeza de quienes reclaman su voto. No pudo ser.
Queda para rescatar la conmovedora y valiente actitud de una ciudadana que irrumpió en la conferencia de prensa del comando del FA pidiendo "siéntense en una mesa y debatan sobre los tema comunes de los que hablamos en nuestras casa, en nuestro lugares de trabajo. Los políticos no deben tener miedo a debatir".
Esa mujer representaba a todos los uruguayos auténticamente preocupados por su futuro. No le hicieron caso. Una lástima, porque se decidirá qué país tendremos y tendrán nuestros hijos casi a ciegas. Y será por cinco años.
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