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Juan Martín Posadas
El hallazgo, tan fortuito como impresionante, de una ingente cantidad de armas y municiones se ha convertido en fuente de preocupación y comentario general. Las prematuras declaraciones del Subsecretario del Interior y del juez del caso descartando cualquier vinculación política al tiempo que admitían no tener cabal conocimiento del asunto no han hecho sino disparar toda clase de suposiciones.
No voy a hacer consideraciones sobre los puntos oscuros del episodio: me voy a servir de él para referirme a un tema de fondo que el Uruguay ha soslayado: el tema militar. Empiezo por los necesarios antecedentes. En nuestro país hubo un desarrollo guerrillero importante que logró organizar y poner en pie de guerra a un número considerable de gente.
Ese movimiento guerrillero actuó con relativa soltura y éxito durante bastante tiempo; las fuerzas policiales no lo pudieron neutralizar ni desmantelar. Visto esto las autoridades del momento llamaron a las Fuerzas Armadas y le comisionaron la lucha. En pocos meses el movimiento guerrillero fue militarmente eliminado. Esto ocurrió antes de junio de 1973. (Después las FF.AA. se abrogaron otras funciones y se autodesignaron para cometidos que nadie les había encargado y que varios códigos les prohibían).
Los antecedentes indican, pues, que para enfrentar una organización armada (y el arsenal encontrado estos días es mayor que cualquiera de los hallados en los años setenta) no alcanza ni alcanzará con la policía sino que será necesario recurrir al Ejército. Y aquí viene el punto central de estas líneas: el Uruguay no puede hoy contar con sus FF.AA. para una misión de ese tipo.
Las culpas de los oficiales superiores de 30 años atrás se han hecho caer sobre la institución castrense. El desprestigio que a la institución militar y a sus integrantes se les hace sentir con asiduidad carcome cualquier moral militar y disposición de sacrificio y combate. Se han escrito textos oficiales sobre el pasado inmediato (Demasi, Rico, etc) que relatan una historia de héroes y villanos, ocupando ese último lugar los militares in genere. ¿Qué moral puede quedar en un cuerpo militar que ve conmemorar cada año la toma de Pando con presencia de jerarcas de gobierno y en la tumba de los guardiaciviles muertos o los milicos de cuartel ni una mención, ni un recuerdo ni una flor?
Las relaciones con las FF.AA. han sido tan descuidadas y menospreciadas que hoy no es concebible que el gobierno pueda acudir a los cuarteles, aún necesitándolo, ni que los militares tengan la disposición espiritual, la moral y el temple necesarios como para responder con eficacia.
El Uruguay no ha recompuesto las relaciones entre civiles y militares, justamente rotas pero que debieron restablecerse hace rato. No se ha hecho: se los ha maltratado moralmente durante demasiado tiempo. Cuando el Presidente Vázquez quiso remediar algo de eso (reparación a todos los deudos, hacer del 19 de junio una fecha de reconciliación, etc.) su propia fuerza política, el Frente Amplio, lo dejó a él colgado del pincel y a las FF.AA. en el rincón de la ignominia.
Un arsenal de 700 armas en el Uruguay -sean de quien fueren- es algo grave. Que las FF.AA. no se hubiesen enterado o que si lo estaban no hayan reaccionado refrenda todo lo que estoy diciendo.
El tema militar no sólo ha quedado pendiente desde la restauración institucional sino que hubo un conjunto de discursos y actitudes posteriores a esa fecha que lo han vuelto más difícil.
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