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La educación siempre fue un tema importante en el pasado, y no dejará de serlo en el porvenir. Porque educar significa guiar, conducir y, como es obvio, todas las sociedades -no importa la época ni el lugar- necesitan capacitar a sus integrantes para ser guerreros o campesinos, religiosos, artesanos, ciudadanos conscientes, hombres de empresa o lo que fuera. Pero en los tiempos que corren es preciso que el educando adquiera una formación básica e integral, que desarrolle su personalidad y sus virtualidades y que asuma ciertas normas o valores fundamentales para convivir en su medio y en su época.
No es suficiente, pues, que el niño o el adolescente reciban conocimientos específicos cada vez menos elementales, a medida que transitan por el ciclo educativo. Es imperioso que, además, se les inculquen principios que forjen su conducta posterior, tanto individual como social. Que se vuelva un ser útil a sí mismo y a la sociedad que integra. Lo lamentable es que la eventual influencia de la educación se ve limitada por la deserción de las aulas: en nuestro país, casi el 80% de los niños completa el ciclo primario y menos del 70% culmina el primer ciclo de Secundaria.
El importe vacío que se constata implica, en números redondos, que sólo el 56% de los uruguayos posee Secundaria básica. Ello, sin duda, condiciona nuestro porvenir. Pero hay más, porque tendemos a confundir educación con instrucción. En consecuencia, pensamos, a mayor instrucción mejor educación, lo cual es un error. Olvidamos que lo que puede proveer la instrucción - aún la tecnología más moderna- constituye sólo un instrumento que facilita la lucha por la vida y que muy poco significa si no va acompañada por la verdadera educación, esto es, la formación integral del carácter del individuo. ¿De qué vale, en efecto, ser un experto en cualquier disciplina si se es, también, presa fácil del desánimo ante cualquier contratiempo, si se tiene miedo al riesgo y si se carece de una apropiada autoestima?
¿O si es débil el sentido de responsabilidad y al esfuerzo? ¿Y si se es deficitario en materia de buena fe y de honestidad? ¿Es que el egoísmo no puede ser sustituido por la generosidad, la abnegación y la solidaridad? ¿Es que no se puede inculcar respeto a los mayores y a las leyes, tener ambiciones normales, amar la justicia y reconocer el mérito ajeno?
Todos estos valores, y mucho más, deberían formar parte ineludible del contenido de una educación integral, tan naturales son como el amor al terruño. ¿Por qué no? Claro está que una clase no debe transformarse en una mera sesión de abstracciones que difícilmente llegará a conmover a infantes y adolescentes. Pero sí puede acudirse a la riquísima cantera de anécdotas históricas y del presente, capaces de suministrar abundante material educativo que se sustituya sino que complemente la instrucción impartida.
Incluso, sería deseable que se creara un ambiente propicio para su divulgación -y participativo a escala nacional- mediante atractivos llamados a concurso que tiendan a recopilar hechos reales, alusivos, propios y foráneos, de hoy, de ayer de nuestra tradición y de civilizaciones pretéritas. Todo sirve cuando se trata que las nuevas generaciones tomen contacto con actos vinculados a la grandeza humana.
Su consideración masiva en miles de escuelas y liceos de todo el país serviría para crear una verdadera identidad nacional basada en la siembra de esos impactantes valores. A título de ejemplo: el heroísmo de Dionisio Díaz, la hazaña de Maracaná y la tragedia de Los Andes, tres hechos, tres generaciones de compatriotas que nos dieron una lección perenne, inmersas y seguidas por tantos y tantos actos de sacrificio de policías y bomberos, por padres y madres dignos de admiración y por la vida de tanta gente anónima que algún día tendrá que ser reivindicada.
Vale la pena intentar el esfuerzo de forjar el carácter de nuestros pequeños mediante el conocimiento de la vida ejemplar de quienes, remota o cercanamente, los precedieron. Es una tarea insoslayable la de enriquecer su personalidad brindándole fuentes de inspiración y la de desarrollar sus facultades inquisitivas, sobre todo en un tiempo en el que ya no se acostumbra preguntar el porqué de cuanto nos rodea porque basta con apretar un botón de la computadora para obtener respuestas que antes suministraban cansados y asombrados frente a tantos requerimientos, pero con cariño y orgullo, nuestros mayores
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