María Julia Pou
Días pasados, cuando el país se sorprendió con la aparición de un arsenal de importantes dimensiones en el medio de un barrio tranquilo, nuestra sorpresa pasó por unas declaraciones del senador Mujica que aludió a quien está en el centro de la trama diciendo que se trataba de "un contador JUDÍO".
Nuestra primera reacción fue la de preguntarnos que importancia tenía en el oscuro episodio el hecho de que el contador fuera o no judío, católico, de origen gallego o italiano. En nuestro país todos hemos llegado más tarde o más temprano de algún lado. Nuestra sociedad se fue formando con variadas olas de inmigrantes que fueron llegando a estas tierras.
Hasta aquí llegaron los primeros españoles de la época de la colonia y hasta aquí vinieron miles de centroeuropeos, durante el período de la Segunda Guerra Mundial, corridos por regímenes totalitarios que entre otras cosas los discriminaban por sus orígenes y religiones.
En esta etapa de la historia, las naciones americanas fueron tierra de acogida -luego de terminada la guerra-, de todos aquellos a quienes en Europa se les perseguía y se los mataba en campos de concentración, luego de haberlos tratado de la forma más indigna que la historia conoce.
Por esta razón, quienes conocemos la historia y hemos tenido la oportunidad de peregrinar por los campos de Aushwitz y Birkenau, debemos interpretar el temor visceral -genético, diríamos- de quienes, porque ellos o sus antepasados profesaron una religión, son pasibles de discriminación o castigo.
Todo este preámbulo nos lleva a destacar una de las esencias de nuestra nación: la libertad -que no la tolerancia, pues esta palabra implica que hay algo que "soportar "y afirmamos que no se trata de eso- en el más amplio sentido de la palabra. Se trata sí de la libertad de elegir entre creer en Dios, en Yaveh, en Alá, en el Gran Arquitecto, o de no creer en nada y ser agnóstico o ateo, que de todo eso hay por suerte en nuestro país.
Pocas naciones en el mundo tienen la característica de ser plurales como la nuestra y en nuestro origen múltiple tenemos la razón para ello. Pero lo importante no es solamente aquellas circunstancias que nos vieron nacer como país de inmigrantes sino cómo en nuestro diario convivir actuamos de acuerdo a ese pensamiento -y sentimiento- de que "naides es más que naides" y que esto no está referido exclusivamente a temas socio-económicos sino que incluye toda circunstancia vital, entre otras nuestra raza, nuestra religión, nuestras convicciones en cualquier área del pensamiento.
Por todas estas razones es que hoy en momentos en que definimos nuestros próximos cinco años de vida cívica -es decir, de nuestras propias vidas- es que queremos reafirmar que en el Uruguay de hoy -y esperamos que para siempre-, lo que está bien o está mal hecho es totalmente independiente de a qué religión o a qué raza pertenece quien lo haya hecho.
De aquí en adelante deberíamos poder entendernos, por eso es bueno recordar las cosas esenciales en las cuales los uruguayos coincidimos y no estamos dispuestos a transar. Ser respetuosos de lo que piensan los demás es en lo único en que podemos ser intransigentes, para preservar esa misma libertad por las que muchos han hecho tanto.
Mantenga y vigile el nivel de debate y recuerde que nuestras Normas de Participación implican obligaciones y responsabilidades.