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SERGIO ABREU
Un Proyecto de país se define por el equilibrio entre la sociedad y el Estado; y en particular, por un sistema político en condiciones de compartir una visión común, por encima de etiquetas y divisiones; que no responda a una simple receta ideológica que pretenda aplicarse con rigidez, ya que, cuando esto ha sucedido, tanto el liberalismo ortodoxo como el socialismo dogmático culminaron en estrepitosos fracasos.
A partir de esta afirmación, la viabilidad de una gestión de gobierno, depende del tipo de liderazgo presidencial que se instale en el Ejecutivo. Y éste, no se refiere a distintos estilos de caudillismo o de canales de comunicación con la gente; es parte de otro escenario, ya que el liderazgo no admite simplificaciones, sobre todo cuando estas son generalmente la mejor manera de ocultar la verdad.
De ello se deriva, que cuando se elige un Presidente, el estilo de liderazgo adquiere dimensión propia. Se trata de elegir un conductor con capacidad formativa, experiencia, inteligencia e intuición en forma combinada. Que tenga el equilibrio emocional suficiente para enfrentarse a las duras circunstancias que demandan sus respuestas; que sepa administrar la soledad de las alturas como una acuciante compañera, y que sea consciente, de que sus decisiones son esperadas por la sociedad sin distinciones partidarias. El Presidente ejecuta un proyecto nacional, administra entendimientos políticos, dentro y fuera de su colectividad partidaria, es el Jefe de las Fuerzas Armadas; la cabeza visible del país en el exterior; el resorte único al que se recurre cuando se necesita una mezcla de ponderación y de firmeza. Y su propio rol le exige una permanente iniciativa y una desarrollada capacidad de gestión. Necesita también preservar como valor, el decoro institucional, que no puede confundirse con una conducta aristocrática o frívola. La sobriedad es compatible con la formalidad, y aún cuando es aplicable aquello de que "el hábito no hace al monje" (sin alusiones), el Presidente de la República debe ajustarse a los requerimientos de determinados estereotipos.
Pero además, el Presidente de un país como Uruguay tiene que ser un punto de referencia para otros Estados, en especial, cuando debe asumir una conducta protagónica basada en el principismo, el realismo y el pragmatismo. El interés nacional no tiene color político y requiere tanta profesionalidad como convicción, pero en particular, el reconocimiento de que las decisiones de la política exterior no pueden basarse en las coincidencias con los amigos de ocasión, sino en la defensa de los intereses del país.
Por ello, un Presidente, al asumir su responsabilidad, ya no se debe a sus propios gustos ni a sus caprichos; y si bien no puede dejar de ser quien es, debe adaptarse a las circunstancias que su jerarquía le impone, ya que de otra manera, se arriesga a deambular entre la ineficiencia y el ridículo. Debe alcanzar el necesario equilibrio para administrar con equidistancia los sentimientos extremos de la solidaridad altruista y del egoísmo darwiniano.
La decisión del soberano, en una elección presidencial, se tamiza con el más fino entramado del cernidor político. Y al elegir un Presidente, su exigencia debe ser más severa y el análisis de los candidatos debe sustraerse a afinidades ajenas a la importancia de la decisión que debe tomar ante la urna.
América Latina ha presenciado la historia de muchos gobernantes bien intencionados, que enfrentados a graves crisis, terminaron transportados en helicópteros desde las Casas de Gobierno. Y eso sucedió no en uno, sino en varios países; simplemente, porque lo que la voluntad popular imaginó respecto de su Presidente, no se ajustó al estilo de conducción que ella requería. Para ser más claro, el pronunciamiento popular terminó demostrando un desconocimiento muy grande entre el elector y el elegido. En el marco de esta serena reflexión, se elige un conductor. Y debe advertirse que esta decisión es para cinco años, por lo que, la opción está entre quien, aún con sus mejores intenciones, puede llevarnos al abismo, o aquél capaz de brindar seguridad, y ser garantía de una administración equilibrada de insatisfacciones compartidas.
No es poca cosa. Y así como los pasajeros de un ómnibus descuentan que el conductor tiene libreta profesional, experiencia e idoneidad, los ciudadanos de un país, al embarcarse en un viaje colectivo que durará cinco años, deben asegurarse -mediante su voto- que el conductor alcance los mínimos requisitos para iniciar el recorrido.
La reflexión sobre esta decisión no puede implicar descalificaciones personales. Por lo contrario, nada tiene que ver con los afectos y simpatías personales. El cargo de Presidente no se busca, se encuentra. Y se encuentra porque la ciudadanía ha decidido quién es la persona adecuada "en esas circunstancias" para tener esa responsabilidad excepcional. Gobernar un país es un viaje hacia el equilibrio y al sentido común, es decir, a un manejo adecuado del escenario que se debe enfrentar.
Y si bien la voluntad es indispensable, también es insuficiente, ya que cuando ésta deriva en voluntarismo, no hay otro destino que el más estrepitoso de los fracasos.
De todo esto, debemos estar advertidos para votar bien y a conciencia.
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