Recuerdo imborrable. Todos bailaban, cantaban y con el pico demolían 28 años de división
DANIEL HERRERA LUSSICH
En WASHINGTON
CORRESPONSAL PERMANENTE
El trozo de muro, con la pintura azul, roja y verde, está siempre sobre el escritorio. Cada poco tiempo lo observo y avanza en la memoria el episodio que más me impactó a lo largo de decenas de vivencias periodísticas: la caída del Muro de Berlín.
Lo introduje, como testigo imborrable en aquellos momentos, en el bolsillo de la campera apenas llegué a las cercanías del Reichtag y la Puerta de Brandenburgo. Lo recogí cerca de un hombre que con un pico golpeaba el cemento, con fervor y movimiento de rabia y rencor.
Fueron días imposibles de olvidar. Aún me parece tener sobre el hombro, llorando con temblores en el cuerpo, a un señor que jamás había visto en mi vida, de unos 50 y pico de años, a los jóvenes que me tomaron de la mano y me hacían bailar y cantar, sin entender palabra, repitiendo lo que creía que entonaban. Ellos transmitían una alegría incontenible, aun sin saber bien qué ocurriría mañana o pasado en esa ciudad, dividida durante 28 años .
La noche que arribamos la gente saltaba, corría, lloraba, reía, se preparaba para dormir apoyada en el histórico muro. Unos lo acariciaban como despidiéndolo, otros, pico en mano intentaban la venganza de derrumbarlo. La mayoría, con agilidad asombrosa, se trepaban y desde arriba levantaban las manos y cantaban, sin insultar a nadie, sólo se veía la "V" que hacían con sus dedos o el puño cerrado en alto.
Muchos dudaban y preguntaban, cuando veían a alguien con aspecto de extranjero, qué noticias tenía, indagaban hasta el cansancio sobre la verdad de lo que estaba sucediendo. Y hasta con timidez planteaban si podían ir de un lado a otro del Muro. Se les decía que sí y corrían con desesperación, pisaban fuerte unos metros del lado occidental y volvían como con desconfianza y temor de que no fuera real lo que estaban viviendo. Hasta pocas horas antes sufrían la rutina de casi 30 años: "una vida gris, con ojos y oídos que acechaban por todos lados ("¿ve ese edificio? -mostraba un gigante gris de una manzana de edificación-, es donde funciona la "Stassi", los Servicios de la Policía de Seguridad comunista, muchos, pero muchos de los que están gritando y bailando por aquí, lo han sufrido"), nos comentó cuando vio nuestra credencial, un hombre alto, de pelo entrecano, de manos curtidas, que no se apartó de darnos sólo el nombre: Karl.
Nos aproximamos a una larga cola que pasaba de un lado a otro en el famoso "Check Point Charlie", la puerta de control americana. Se había convertido en el símbolo hacia la libertad. Y nadie quería perderse el "placer y la emoción de atravesar por ese lugar. Los soldados americanos miraban, no intervenían para nada, ante un hecho que los apartaba de la monotonía diaria de la vigilancia.
A la luz del día el panorama era en algunas zonas más oscuro, en otras lucían antiguos edificios, de gran belleza, muy venidos a menos. Eso nos ocurrió en la llamada isla de los museos, que dejaban traslucir sus viejas épocas de brillo. Llegamos avanzando por la avenida principal, que divide Berlín Oriental en dos, con atractivos árboles a los costados, llamada "Unter den Linden" (Bajo los tilos). Pero el ambiente general era gris, las casas, no más allá de los tres pisos, con los agujeros de balas por todos lados, paredes descascaradas, dando una sensación de tristeza y monotonía. Los autos, iguales y viejos los que todavía circulaban, los Trabant, o famosos "Trabi", o los Lada, esa noche llegaban hasta la Puerta de Brandenburgo. Casi todos estaban sin pintura, descascarados, los que todavía podían circular sobre las cuatro ruedas.
En aquellos días recuerdo que el obrero medio de Alemania Oriental no sobrepasaba por mes un ingreso de 50 dólares, le alcanzaba apenas para comprar alimentos que se veían en pequeños comercios. Una decisión del canciller de la República Federal Alemana, Helmut Kohl, revolucionó el ambiente en el lado oriental. Aquellos que querían visitar el sector aliado se les daba para gastos de comida y traslado 100 marcos occidentales, unos 50 dólares. En una charla con una señora, vestida con modestia ("que se había reencontrado con su madre después de 28 años de vivir a 200 metros, pero separada por el muro") comentó que la mayoría de sus compatriotas pasaba a la zona occidental, miraba con asombro las tiendas y la gente en las calles y volvía sin gastar nada. Le habían dado lo que para ella "era una verdadera fortuna".
Durante el día visitamos dos casas del lado oriental con ventanas disimuladas para mirar al familiar que había quedado del sector aliado. Sólo era un saludo, en medio de temores de ser descubiertos, pero ese pequeño hecho les permitía saber que todo estaba bien. Esa rutina era una de las pocas alegrías entre parientes, divididos por el Muro a lo largo de dos décadas.
Vimos lo que llamaban el cementerio, cruces en las cercanías de una alambrada, el recuerdo de más de 200 asesinados por la Policía de Seguridad cuando habían intentado cruzar a occidente. Nadie se acercaba a la divisoria. Sólo la proximidad servía a la "Stassi" de excusa para detenerlos y acusarlos de intento de fuga. Más de 40 mil fueron sometidos a interrogatorios y miles quedaron en las cárceles.
La juventud fue, sin duda, la más alegre y la que vivía con más optimismo la caída del Muro. Todos hacían planes para emigrar hacia "occidente". Las noticias que escuchaban en la televisión transmitían un "mundo mejor y mayores perspectivas de ingresos". Unos no conocían más que el silencio ante un desconocido, sólo hablaban en familia o con amigos de confianza absoluta, los servicios secretos se ocultaban en todas las actividades. Otros, los mayores, no habían salido de regímenes dictatoriales, primero el nazi y luego el soviético.
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