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Marcelo Giugale
Por un lado, el volumen de comercio mundial seguirá deprimido por años. Por otro, los motores del consumo mundial van a desplazarse desde los países ricos hacia los emergentes.
La imagen del hogar americano tratando de ahorrar más, y del gobierno chino tratando de invertir más, son representaciones simples pero acertadas de esa nueva realidad.
Ya no va a ser suficiente con abrir mercados de exportación a través de tratados; habrá también que crear mercados a través de productos nuevos, o producidos a menor costo.
Esto presenta desafíos enormes para América Latina. Nuestros países innovan poco. Los síntomas de esa falta de inventiva son muchos. En la última década hemos abierto pocas industrias nuevas y creado aún menos brands, más allá de los alimentos de calidad, turismo médico, software en castellano o productos aeronáuticos.
En general, hemos crecido vendiendo más de lo mismo. No es entonces sorpresa que nuestra "penetración comercial" (la proporción del comercio mundial que tiene a un latinoamericano como contraparte) es la misma que hace 30 años (5%).
En ese período, la penetración de Asia se cuadruplicó (a más de 20%). Nuestra productividad (la eficiencia con la que usamos nuestros recursos) ha crecido más lentamente que la de los países desarrollados, la que a su vez creció más despacio que la de los tigres asiáticos. Y el número de inventos patentados por latinoamericanos es una fracción de lo que patentan Corea, China, India o Singapur.
¿Por qué América Latina no innova lo suficiente? Porque, con contadas excepciones recientes (como Argentina, Chile, México o Uruguay), la innovación no ha sido una prioridad de política pública.
No aparece en campañas presidenciales ni en estrategias de estado. Se le dedican limitados recursos que están sujetos a cambios constantes de prioridad presupuestaria, y no están sujetos a rendición de cuentas.
Nuestra alta informalidad debilita los mecanismos de protección a la propiedad intelectual, y los incentivos tributarios a adquirir nueva tecnología.
Nuestras barreras a la competencia interna y externa hacen innecesario para nuestros empresarios arriesgar capital en innovación.
Nuestras universidades han operado desconectadas de nuestras empresas. Y nuestros jóvenes no ven futuro en la investigación (en promedio, sólo uno de cada mil trabajadores latinoamericanos se dedica a la investigación, comparado a nueve en Estados Unidos).
Todo eso está a punto de cambiar. En el mundo poscrisis, el crecimiento económico va a depender de la capacidad para innovar, para crear, adoptar y adaptar nuevas formas de hacer las cosas, y para hacer cosas nuevas.
Afortunadamente, los gobiernos de la región comienzan a entender el desafío y a articular estrategias de innovación.
¿Cómo se hace? No hay fórmulas universales; cada estrategia debe adecuarse a las condiciones iniciales que tiene cada país en términos de inventario tecnológico ya existente, eficacia del sistema tributario, calidad del capital humano, y capacidad institucional.
Sin embargo, existen ya suficientes experiencias para identificar qué tienen en común las estrategias exitosas de promoción de la innovación.
Lo que tienen en común son 10 cosas: Prioridad de Estado (se mantienen de gobierno a gobierno); involucran a todos los actores (grandes y chicos, públicos y privados); no se basan sólo en el mercado (la innovación es demasiado importante para eso); nombran responsables que rinden cuentas; acompañan procesos de inserción en el mundo; tienen los suficientes recursos; evalúan y corrigen constantemente; empiezan por donde es más fácil (usualmente estándares de calidad); conllevan reformas universitarias profundas; y operan en un marco legal confiable.
La buena noticia es que ninguno de esos 10 atributos está fuera de alcance para la mayoría de los países de América Latina.
Se trata de cambios factibles, consistentes con el deseo de modernidad de las sociedades latinoamericanas, pero que han estado pendientes por demasiado tiempo. La crisis los ha hecho urgentes. Ignorarlos ya no es una opción.
* Marcelo Giugale es director de Política Económica y Programas de Reducción de Pobreza del Banco Mundial para América Latina.
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