El juicio convencional tiende a establecer que los votos en blanco y anulados son votos "desperdiciados", y que como tales favorecen a las mayorías. En realidad, en el caso de la primera vuelta, los votos en blanco y nulos perjudican a la mayoría, mientras que en el balotaje -así como en la elección legislativa- no afectan a ninguno de los contendores.
Para obtener la Presidencia en primera vuelta es necesario tener más de la mitad de todos los votos que se emiten, lo que incluye votos a partidos, votos anulados, y votos en blanco. Es decir, los votos en blanco y anulados son parte del conteo. Entonces, como los votos de este tipo son parte del total, contribuyen a aumentarlo, y en consecuencia contribuyen a elevar el umbral del 50% que es necesario pasar para ganar en octubre. Si los votos en blanco y anulados no se contaran, el total sería menor, y pasar la mitad de ese total menor, entonces, requeriría menos votos. Por lo tanto, le suben la exigencia a la mayoría.
El impacto de los votos en blanco y anulados se aprecia claramente en los resultados de octubre. El Frente Amplio no logró superar el 50% de los votos emitidos (obtuvo el 47,96%). Sin embargo, sí pasó la mitad de los votos a partidos (el conteo que excluye a los votos en blanco y nulos), lo que le permitió reeditar la mayoría absoluta en el Parlamento. En el caso de la elección presidencial, entonces, los votos en blanco operan en contra de la mayoría, porque le exigen más votos, pero en la elección legislativa son irrelevantes, porque quedan fuera del conteo.
El balotaje es otro cantar. Como solo las dos fórmulas presidenciales más votadas pasan a la segunda vuelta, el triunfador en noviembre es el que más votos saca; lo único que importa es la cantidad total de votos que obtiene cada candidatura. En este sentido, los votos en blanco y anulados no afectan los resultados finales: si hay 3% o 10% de votos en blanco es irrelevante, porque lo que zanjará la elección es si José Mujica tiene más votos que Luis Alberto Lacalle, o a la inversa.
La proporción de votos en blanco y anulados en Uruguay es tradicionalmente muy baja. En esta última elección fue de 1,62% de votos en blanco y 1,18% de anulados. ¿Cabe esperar que en el balotaje sea mayor, dado que muchos votantes no podrán elegir al candidato de sus amores por no ser parte de la competencia? La única experiencia con la que contamos para estimar qué podría pasar es la del balotaje de 1999.
En las elecciones nacionales de 1999 hubo 1,02% de votos en blanco y 1,01% de votos anulados. En el balotaje, los votos en blanco ascendieron a 1,93% y los anulados fueron 0,97%. Como muchos de los votos anulados pueden ser no intencionales, cabe esperar que su proporción no varíe mucho de una elección a otra.
El voto en blanco, en cambio, puede tomarse como una manifestación más clara de insatisfacción con las opciones, que en una segunda vuelta siempre son menos. Y en efecto, el porcentaje de voto en blanco casi se duplicó de octubre a noviembre (de 1,02% a 1,93%). Sin embargo, el total de votos en blanco se mantuvo en niveles muy bajos, de acuerdo a los estándares de las elecciones uruguayas. Parte de la explicación radica en que el más grande de los partidos que quedó "fuera" de la competencia por la Presidencia -el Partido Nacional- realizó un acuerdo con el Partido Colorado, indicando a sus seguidores la opción a seguir.
En esta elección, le ha tocado al Partido Colorado ver la carrera desde la tribuna, y ha manifestado su adhesión a la candidatura de Lacalle, aunque de un modo mucho menos formal que lo que se hizo diez años atrás. Este apoyo "más tibio" de parte de los colorados, sumado a las altas resistencias que los dos candidatos presidenciales despiertan en ciertos grupos de la población, sugiere que en noviembre podríamos esperar un porcentaje algo mayor de votos en blanco y nulo de los emitidos en 1999.
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