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Pasan los días y se empieza a entender por qué razón va tomando cuerpo en la gente la idea que esta segunda vuelta electoral para elegir el próximo Presidente de la República será de definición mucho más pareja de lo que muchos creen. Y tiene su explicación, más sencilla también de lo que parece. Es que estamos ante una elección diferente. Hablando en términos de competencia deportiva, este es otro partido.
Quien piense que la opción es entre el Frente Amplio y el Partido Nacional, se equivoca. Es una lucha -en términos de batalla, no de simples preferencias- no entre dos modelos de país, como ya lo explicó y con acierto Tabaré Vázquez, sino entre maneras de conducirlo. Es un duelo al sol entre dos personas -tampoco entre dos fórmulas, como con el mismo error suele decirse- con condiciones irreconciliables entre sí, que pugnan por la titularidad del Poder Ejecutivo. Es por eso que un analista político de reconocida experiencia piensa que al contrario de lo que a primera vista pudiera percibirse, Mujica Cordano arranca con una "microscópica" ventaja o al menos en una situación de empate con su contendor. El juego está tomando en cuenta dos puntos, que pueden ir para un lado o para el otro.
Mujica no es todo el Frente. Podrá decirse también que Lacalle no es toda la oposición. Pero la brecha entre candidato y partido es mucho más profunda en el caso de Mujica que en el de Lacalle. Mujica dista de parecerse con el Frente que gobernó en este período. Es el representante de la expresión más radical que concebir se pueda de la izquierda dura. Es la cara confesadamente reconocida del anarquista que le pusieron a la coalición la alianza entre tupamaros y comunistas ortodoxos, con arraigo en su origen estalinista. No son calificativos tremebundos que usamos para despertar miedo en un electorado que ya no se asusta por oír esas cosas, a quien no le entran las balas de una triste historia que a medida que va pasando el tiempo o no la conoce, o se compró una falsa versión. Lo que estamos diciendo es la pura verdad.
En el Frente hay sectores y votantes moderados, de otro perfil. Lacalle en cambio es un liberal, que se mueve en un espacio mucho más cómodo, que puede contemplar al abanico de opciones no contradictorias entre sí, que puede encontrar en la oposición a Mujica, incluidos frentistas, que lo apoyen. Tiene razón Carlos Maggi cuando dice que no todo el votante del Frente votará a Mujica. El frentista ya dio el voto a su partido. Ahora el problema es el hombre y las dudas que despierta como conductor en cuanto al rumbo a tomar, porque razonablemente nadie se puede creer que Astori va a tener injerencia predominante en ese aspecto crucial. Lacalle plantea certeza allí en donde Mujica, en el mejor de los casos abre una gran incógnita. No lo decimos nosotros, el propio Presidente fue explícito al definirlo. Antes, Astori pronosticaba que como Presidente traería el caos, y María Julia Muñoz y hasta mismo Agazzi afirmaron públicamente que no tiene condiciones para el cargo.
Son las mismas dudas que las de Marenales, que dijo temer de que "se lo tragara el sistema" aludiendo claramente a que debía engancharse en el socialismo de Chávez, Evo, y Correa. Estamos ante un buscapié político que puede salir para cualquier lado.
Por supuesto que el asunto está también entre el equilibrio de poder o de poderes y la concentración de ese mismo poder en una persona o grupo de ideología extremista, que no es poca cosa, pero trasciende a ello. Quien diga que el 29 de noviembre se juegan cinco años de historia del país, tiene visión corta, porque esta gente, haciendo lo que se le dé la gana en el gobierno -y eso es lo que con buen fundamento es admisible pensar que puede pasar- es capaz de ocasionar un destrozo que insumirá el esfuerzo de muchas generaciones poder recomponer. Hay que asumir que el mundo ha cambiado y seguirá cambiando y a quien no tenga la capacidad de insertar adecuadamente a un país que, más allá de sus virtudes tiene poco peso para gravitar en la dirección de esos cambios, es un suicidio darle el timón del barco.
Es el momento de prescindir de los detalles, que por importantes que lo sean no dejan de ser eso, detalles y nada más. Que no se tenga mayoría parlamentaria, abre precisamente el campo a lo que necesitamos, que es el diálogo y la negociación con altura de miras, poniendo por delante al interés nacional.
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