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Es algo aceptado que el manejo de la política exterior fue uno de los aspectos menos logrados del gobierno que termina. Los cambios de cancilleres, las idas y venidas en el vínculo con Estados Unidos, y el conflicto con Argentina son sólo algunos de los temas espinosos que padeció la administración Vázquez. Y eso que tuvo la fortuna de encontrar una coyuntura exterior más que favorable, algo que es difícil que sea tan así en el caso de su sucesor. Por el contrario, el clima político en la región y el mundo promete un período cargado de tensiones y desafíos, que pondrán a prueba la visión, la cintura política, y la capacidad de diálogo de quien ocupe la presidencia.
El primer aspecto coyuntural que benefició al gobierno frenteamplista fue que encontró una situación económica global de prosperidad desbordante. Crecimiento económico por doquier, abundancia de capitales, apertura comercial, y precios de materias primas por el cielo. Eso ya es historia.
A raíz de la crisis que azotó al mundo el último año y medio, el panorama ha cambiado radicalmente. Los países ricos han sufrido un impacto profundo, con lo cual se viene gestando una ola de proteccionismo que hará muy difícil colocar nuestros productos. Esto agravado por una caída general de precios y retracción de los capitales de inversión. Lo que por ahora se ve sólo como problemas financieros un tanto elevados, ya comienza a tener importantes efectos en la gente, y es razonable pensar que impactará en el crecimiento de los países de la región, generando tensiones sociales y conflictos entre los países para lograr acceso a mercados y capitales.
Otro tema que benefició al gobierno que termina fue la "afinidad" ideológica que tuvo con la ola de gobiernos de izquierda que proliferó en la región. Claro que esto se prestó también para muchas confusiones, sobre todo por el grado de ingenuidad con que el gobierno frenteamplista asumió algo tan delicado como la política exterior. Esta ola supuestamente favorable parece estarse desinflando rápidamente, y es más que probable que las futuras elecciones deparen cambios de orientación política en países tan estratégicos como Brasil, Chile o Argentina.
Vinculado a esto se encuentra la situación del llamado bloque "bolivariano", que luego de unos años de avance imparable, aupado por los precios récord del petróleo, parece haber llegado a una meseta. A esto se agrega que tras un período de convivencia tolerante, Brasil, la verdadera potencia regional que ha visto con ojos desconfiados las actitudes de Hugo Chávez, parece decidido a reclamar su sitial de privilegio, y a poner coto a los excesos del mandatario venezolano. Un ejemplo de esto es lo sucedido en Honduras, donde Lula ha desplazado sin miramientos a Chávez y, asociado a Washington, ha impuesto una solución diplomática que deja al último pupilo del ALBA en una posición muy cercana al ridículo.
Otro desafío importante en esta materia que enfrentará el nuevo gobierno es el período electoral en Argentina, lo cual se mezclará explosivamente con el eventual fallo de la Corte de La Haya por el conflicto acerca de la instalación de Botnia. La historia ha demostrado que adelantar los cambios políticos en la vecina orilla es de una temeridad inabordable, pero lo que es seguro es que será un período turbulento que exigirá de quien ocupe la presidencia uruguaya un grado de delicadeza y tacto mayúsculo.
El próximo presidente deberá negociar en forma profesional y muy dura el acceso a los mercados para los productos uruguayos, la llegada de los capitales esenciales para el desarrollo nacional con gobernantes y empresarios globales impiadosos cuya única preocupación es lograr rentabilidad. Y hacer respetar la soberanía e independencia del país en un mundo cada vez más internacionalizado y donde los países pequeños deben hacer gala de una inteligencia mayúscula para poder sobrevivir.
Un detalle importante a señalar es que en un país con un régimen presidencialista tan fuerte como el uruguayo, las relaciones exteriores son un tema casi de exclusiva responsabilidad del mandatario. Se trata en muchos casos de definiciones trascendentes para las que no inciden ni mayorías parlamentarias, ni vicepresidentes asistentes, ni buenas intenciones. Mucho menos las salidas jocosas ni las honestidades viscerales. Y de esas decisiones dependerá el trabajo y el bienestar de muchos uruguayos.
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