HERNAN SORHUET GELOS
Nadie sabe con certeza lo que ocurrirá en la Conferencia de Naciones Unidas sobre el Cambio Climático en Copenhague. Pero sí que en ella está en juego el destino de la humanidad. La advertencia científica por el calentamiento global es grave.
Mientras tanto, se sigue aplicando la vieja estrategia de negociar a favor del interés nacional e ignorar el interés planetario. Con ese horizonte, lo que ocurra en los próximos días en la Reunión de Negociaciones del Cambio Climático en Barcelona, marcará el futuro de todos.
Sabemos que no hay espacio para el fracaso. El gran desafío es aumentar las economías -combatir la pobreza y elevar la calidad de vida de las sociedades- sin incrementar las emisiones de gases invernadero.
Las responsabilidades en el contexto internacional están bien definidas. Sin embargo falta mucho por recorrer para llegar a un acuerdo satisfactorio que incluya compromisos significativos de mitigación de emisiones de los países industrializados, así como de suficientes contribuciones de dinero para enfrentar con éxito la adaptación al cambio climático de los países en desarrollo.
Se necesita un acuerdo pos Kioto (2012) más profundo, debido a la magnitud de los desafíos impuestos por la realidad ambiental, política y socioeconómica del mundo. La situación exige mucho compromiso, inteligencia y audacia. Ya lo planteó con meridiana claridad el Informe Stern del Reino Unido. Si no se toman medidas audaces y de fondo, pagaremos un precio mucho mayor en todos los órdenes. De hecho, ha llegado el momento de replantearnos el modelo de desarrollo imperante, por ser ¿insustentable?
Sobre la base del principio elemental de que tenemos responsabilidades comunes pero diferenciadas, en la reunión de Barcelona se procura ajustar y acordar un documento definitivo a ser aprobado en diciembre en la capital danesa.
El protagonismo asumido por la Unión Europea puede resultar clave. Apoya la continuidad del Protocolo de Kio-to, está dispuesta a asumir reducciones de emisiones de entre 20% y 30% con respecto a 1990, y a una muy impor-tante financiación adicional por año (de 2 a 15 mil millo-nes de euros) para contribuir a la adaptación de los países en desarrollo. ¿Qué harán EE.UU., Japón y Canadá?
Pero, en este contexto tan complejo de las negociaciones, está ocurriendo algo significativo. Algunos países en desarrollo, sin estar obligados, han tomado la iniciativa de reducir sus emisiones de manera voluntaria, demostrando responsabilidad y compromiso, como es el caso de México, Perú y Uruguay. Constituye un mensaje implícito para los países industrializados: si nosotros podemos hacerlo, ¡cuánto más ustedes que tienen el dinero y la tecnología!
Otro mecanismo que se perfila para ser adoptado en la COP-15 es la reducción de las emisiones derivadas de la deforestación y la degradación de los bosques, denominado REDD. Es la causa de cerca del 15% a 20% de todas las emisiones de gases de invernadero. Aunque contiene muchas preguntas a responder, parece claro que los bosques serán la mejor moneda de negociación de Latinoamérica, porque premiará a los que eviten la deforestación. Si fracasa el acuerdo pos Kioto en evitar la deforestación de los trópicos, perderemos la batalla contra el cambio climático.
Mantenga y vigile el nivel de debate y recuerde que nuestras Normas de Participación implican obligaciones y responsabilidades.