El actor wasp de moda es desde hace casi dos décadas Brad Pitt, un término que le quedaba mejor a Willam Hurt pero que debió ceder ante el aspecto tejano y más deportivo del marido de Angelina Jolie.
Se habla de rubios, en realidad, cuyo emblemático eslabón fue Robert Redford, demasiado añoso ahora para lides de ese tipo y de pronto demasiado platinado. ¿Entra Brad Pitt dentro de esa catalogación?
En Thelma y Louise mantiene afiebradas las plateas femeninas pero así y todo es más regional de lo que exigen los cánones. Para subsanar lo que ellos consideran un malentendido se hizo una encuesta a nivel universitario de las facultades que se ocupan del cine para determinar cuál ha sido el actor más yanky de todo los tiempos. Aunque mucha gente votó por el Marlon Brando de su época primigenia, cuando andaba todo el tiempo en t-shirt para lucir su físico, finalmente lo venció un estilo entre intelectual y expresionista que funcionó como sinónimo del Actor`s Studio. El favorito pasó a ser entonces Steve McQueen, el rey de los vaqueros, aunque John Wayne haya nacido a caballo.
Un tercero en disputa (entraron en la misma personas tan esmirriadas como Humprhey Bogart y tan lacias como Alan Ladd) terminó ganando la penca William Holden. Las últimas generaciones deben tener bastante desdibujado a un actor con un ADN perfecto al que sólo perjudicó el alcoholismo final, un dato inocultable bajo la cámara indiscreta. Pero durante décadas, y sobre todo en la larga época de bonanza que se extendió a mediados del siglo pasado, Holden fue realmente una estrella, dueño de un estilo de actuación inencontrable fuera de Hollywood: rudo, cínico, comunicativo y dueño de una fotogenia que la propia Garbo le envidió públicamente.
Nacido en Illinois en 1918, debutó como actor radiofónico hasta que lo descubrió un cazatalentos de la Columbia. Fue el chico rubio preferido por las adolescentes del barrio. Se impuso en papeles de muchacho bueno a los que siempre le agregó la picardía y una sonrisa pertinaz que dejaba entrever la existencia de aguas agitadas bajo una superficie disfrazada de dócil. Su versatilidad le ayudó muy rápido en películas de aventuras. Ya era un comediante reconocido en Nacida ayer en donde hace de periodista canalla. Para agitar la libido de Gloria Swanson se afeitó el torso para pavonearse con su musculatura. En Stalag 17, que le valió un Oscar y demostró sus niveles de malicia, vestía camisa cerrada y cuello acosado por espesa pelambrera. Ese mismo torso, cubierto por una mata de vello, reapareció en Angustia de un querer, donde había que atarle las manos a Jennifer Jones. A su manera inventó el fetichismo capilar.
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