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LEONARDO GUZMÁN
El resultado de las urnas -ya sin gurúes- le da al Uruguay la oportunidad de mostrar sabiduría y equilibrio, si asume con grandeza la meta de constituirse en modelo de libertad y justicia social.
Bases doctrinarias no faltan: en nuestras playas, Carlos Vaz Ferreira enseñó que entre el liberalismo económico y el socialismo hay diferencias de grado entre las cuales es posible ser razonable.
Antecedentes históricos tampoco faltan: de la tensión política del Partido Colorado de Batlle y Ordóñez y Arena con el Partido Nacional de Roxlo y Herrera surgieron leyes e instituciones que honraron más de medio siglo.
Veamos el horizonte.
Si la ciudadanía dio mayoría parlamentaria a los más extremos de un conglomerado vehemente, sería insensato que, además, le entregara el Poder Ejecutivo al mismo grupo, tan luego en la persona de un candidato impredecible, que pelea con ajenos y propios, razona grueso y se contradice en dúo consigo mismo.
¿Que es difícil para un Presidente gobernar sin mayoría parlamentaria? No lo es si piensa, si razona y si concilia. En cambio, ¡qué fácil es que con Parlamento obsecuente, un Presidente se desborde, sobre todo cuando es reiterante en desenfrenos! ¡Hagamos memoria!
El Estado de Derecho es un juego de impulsos, frenos y contrapesos, equilibrado para que nadie se lleve el país para su casa y ningún grupo lo embrete en una ideología. Eso es así no sólo en teoría. También lo es en la praxis; por ejemplo, de Francia, nación que echó raíces en nuestra historia republicana.
Bajo la Constitución de 1958 -presidencialista, a la medida de De Gaulle-, en 1986 Francois Mitterrand, Presidente surgido del Partido Socialista, designó como jefe de Gobierno a Jacques Chirac tras el triunfo en comicios legislativos del RPR derechista. Allí nació la cohabitación.
Años más tarde -1993 a 1995-, cuando el mismo Mitterrand designó a Edouard Balladur, la cohabitación llegó a ser tan mullida que se la llamó "de terciopelo".
Y hubo una tercera cohabitación en 1997, cuando, tras la victoria de la izquierda en las elecciones legislativas, el Presidente "conservador" Jacques Chirac confió la jefatura de Gobierno a Lionel Jospin, primer Secretario del Partido Socialista, quien permaneció hasta 2002 en su gobierno de coalición con comunistas y ecologistas, preocupado por restaurar el Estado de bienestar.
Todo lo cual demuestra que se puede.
Repárese: la cohabitación fue la respuesta civilizada que Francia logró 17 años después de los enfrentamientos de París 1968. ¿Cómo no va a ser entonces la receta ideal para una ciudadanía que no termina de cerrar divisiones de 35 años atrás, en un país con honda raigambre republicana?
¡Sería prueba de madurez entregar la Presidencia y la Vicepresidencia a hombres con aplomo, experiencia y aptitud para el diálogo, en vez de hacer con el poder entero una apuesta al vacío!
El domingo, Bordaberry declaró, sin condicionar ni negociar, que votará a Lacalle. Anteayer el Comité Ejecutivo del Partido Colorado hizo lo mismo. Ayer el Presidente Vázquez dijo que más que dos modelos, se enfrentan "dos formas de encarar un gobierno", es decir, estilos. He ahí semillas de grandeza. Entonces, ¿por qué no llevar al gobierno la concordia reinante en los muchos que votaron diferente sin fanatizarse?
La cosa no es pensar igual sino edificar juntos desde el supremo pacto de libertad.
Y en vez de chapotear en el voto-resignación, apostar al Uruguay alto y unido para el que nos criamos.
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