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Este editorial es la continuación del publicado con el mismo título el 16 de octubre, ahora con las cartas vistas. Originalmente anunciábamos, al compás de lo que se veía venir, que la reforma constitucional por la cual se pretendía "anular" la ley de caducidad, no habría de prosperar. Y así fue. Más que pronosticar el resultado, hicimos una profesión de fe sobre la independencia de criterio de algunos votantes de la izquierda, que rechazan la adhesión a disparates. Que quede bien claro que lo que menos nos importaba y nos importa es la ley, ésta o cualquier ley. Lo que repugna es que a través de una reforma constitucional se amparare una inconcebible ficción por la cual se fumigarían del derecho positivo nacional normas que tuvieron vida veintitrés años y se aplicaron. Quiso la casualidad -lo entendemos así- que precisamente en la semana previa a las elecciones, la Suprema Corte de Justicia declarara inconstitucional la ley en cuestión al tiempo que un Magistrado condenaba a severas penas al ex dictador Gregorio Álvarez y a otro militar por considerárseles responsables de delitos contra derechos humanos. No entramos a juzgar el mérito de ambas sentencias porque no es ese el problema, aunque hubo suspicacias sobre la oportunidad en que se dictaron. Lo que no podíamos aceptar es que se sentara el precedente en la historia del país de este verdadero atentado contra la seguridad jurídica, en virtud del cual se introduce en la Constitución un mecanismo maligno para hacer como si no hubieran existido nunca leyes que existieron, que tuvieron vigencia, y que fueron fuente de actos jurídicos y materiales de investigación.
El haber anunciado este resultado nos cubre de la acusación que estos comentarios los hacemos con el diario del lunes. Cuando lo hicimos, en realidad transmitíamos nuestra convicción en cuanto a que no toda la izquierda -porque allí nació y se prohijó esta campaña- tiene la condición de electorado en cautiverio. No es así. Hay gente que razona su voto, que lo piensa antes de emitirlo. Mujica, preguntado sobre el porqué de este resultado, salió por peteneras hablando de una "misteriosa decisión". En cierto modo es lógico que haya acudido al misterio para explicar el porqué hay gente que piensa en el Frente y no se resigna a que lo acarreen para votar cualquier cosa. Esa "explicación" -por llamarla de algún modo-, tiene un sesgo totalitario en la medida que no le encuentra explicación lógica a lo que es una decisión racional de la gente. Razonar el voto, para el candidato de la izquierda, es en realidad un acto no deseable que linda con el desprecio de la inteligencia del elector.
Quizá no nos demos cuenta todavía, pero este es uno de los resultados más destacables de la jorna- da del domingo pasado. Hay quienes no se deja- ron llevar por la prepotencia de una manifestación pública llevada adelante por el Pit-Cnt, para imponer por la regimentación de la ciudadanía una aberración que sin duda hubiera afectado el prestigio internacional del país.
La ley de caducidad puede perfectamente ser derogada. Tendrá efectos para el futuro, no la inaceptable artificiosidad de tenerla por inexistente. Y quienes se preguntan qué va a pasar con los desaparecidos, en tanto la ley esté vigente, la misma no impide las averiguaciones, que en varios casos se llevaron adelante con éxito.
Unas pocas palabras más para referirnos también al estrepitoso fracaso de introducir el voto epistolar. El tema ha sido tratado ampliamente y con toda claridad en esta página por editoriales y columnistas. Es más fácil de explicar porque escapa del terreno técnico. No se necesitan elaboraciones demasiado afinadas para darse cuenta que la norma constitucional primaria es la del artículo 1° de la Carta que define a la República Oriental del Uruguay como "la asociación política de todos los habitantes comprendidos dentro de su territorio", a lo que debe agregarse la falta de garantías en cuanto a las condiciones en que se estaría emitiendo el sufragio y la individualización del votante.
Habría más para decir, pero quedémonos por ahora con la verdad que encierra el aserto popular que alerta que "macaco viejo no sube a palo podrido".
Los que confían en sus virtudes carismáticas para encandilar a la gente con propuestas como éstas, deberían tenerlo en cuenta para no dilapidar energías, tiempo y dinero con robustas iniciativas, de por sí inaceptables.
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