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Sebastián Da Silva
Los partidos políticos gastan fortunas en asesores, agencias de publicidad, y creativos para la campañas electorales. No lo hacen porque tengan la vocación de pagar impresionantes sumas de dinero a los canales de televisión o a egresados de Ciencias de la Comunicación; lo gastan porque las estrategias publicitarias definen una elección, incluso en nuestro ideologizado Uruguay. No decimos con esto que "vender" a un candidato sea lo mismo que vender mayonesa o jabones; el candidato habla, acierta, se equivoca, se ríe, llora, despertando todo tipo de pasiones humanas, y donde una buena comunicación corrige las aristas negativas, potencia las virtudes, esconde los horrores o ilusiona con las promesas.
En un contexto electoral plagado de complicaciones, de ataques cruzados y de errores de manual, es claro que el rol de la comunicación institucional adquiera un papel preponderante como efectivamente ocurrió en la pasada primera vuelta.
En el Frente Amplio era claro que debían de generarle piel al electorado no mujiquista, darle estatura de Presidente, generar la ilusión de continuidad con el gobierno de Vázquez y barnizar en mucho el olor a aparato y sesentismo que despertaba esa precandidatura, desde su postulación hasta el Pepe Coloquios. Lo consiguieron, lo subieron a una 4x4, a un avión particular, lo abrazaron con Lula y Bachelet, lo rodearon de ingenieros, lo levantaron a Astori y lograron un jingle de campaña que le erizaba la piel a cualquiera que lo escuchara por FM.
La campaña frentista contrarrestó y triunfó frente a los pecados capitales de Mujica en esta campaña: el libro y la reacción presidencial, y lograron la mayoría parlamentaria.
Los colorados por su parte, licuaron absolutamente el apellido de su candidato, pusieron un locutor cheto de ESPN para atraer el voto de opinión, los coloraditos alejaron la idea típica de ser un partido conservador, y aprovecharon una coyuntura de misiles cruzados para vender propuestas, ideas y renovación y aumentaron un 60% la cantidad de votos.
En nuestro Partido Nacional, ni existió un jingle atractivo, ni una campaña institucional que comunique las bondades de nuestra formula. No se potenciaron ni las enormes virtudes, ni se intentaron corregir algunos errores que tuvimos. Basta comparar el recordado jingle del "amo la rambla y el mate" del 2004, con la charanga de viva Uruguay del 2009 para reconocer que la estrategia de comunicación estuvo lejos de ser efectiva, emocionante o por lo menos recordatoria.
Las noticias para el balotaje son positivas. La designación de Gustavo Penadés como jefe de campaña nos asegura profesionalismo, eficiencia y sentido común, en una campaña que deberá destacarse por la emotividad, por la imparcialidad, por el gancho y por los aciertos, donde no hay lugar para un segundo de duda o un pequeño error, porque va a ser un final de bandera verde y el que se equivoca, pierde.
Las chances están intactas al momento de la partida. A los uruguayos no nos gustan los excesos, ni las mayorías aplastantes; un gobierno "a la uruguaya" es un gobierno donde la balanza tiene los platillos equilibrados, donde las decisiones involucren a todos y donde estemos las dos mitades del país representadas. Sin exclusiones.
Queda tiempo y es posible.
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