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JORGE ABBONDANZA
Fue el símbolo más rotundo de la Guerra Fría. El muro de Berlín que rodeaba el sector occidental de la vieja capital alemana, se derribó finalmente el 9 de noviembre de 1989, con lo cual esa demolición cumple veinte años el domingo de la semana que viene. Había sido levantado en 1961 por las autoridades de la República Democrática Alemana, un satélite soviético también conocido como Alemania Oriental, para detener la migración de sus ciudadanos hacia Alemania Federal, y en buena medida logró ese propósito. Pero además figuró como un brutal emblema de la tensión mundial entre el Este y el Oeste durante las cuatro décadas de Guerra Fría, que fue el período de enfrentamiento entre Estados Unidos y la Unión Soviética por el dominio del planeta y fue asimismo la etapa de su torneo nuclear, con almacenamiento de muchos artefactos pero ningún bombardeo.
El muro de Berlín fue una herramienta de carácter medieval, provista de poderoso dramatismo y capaz de intimidar a quienes pretendieran escapar de la RDA. Construido de placas de concreto, era no sólo una valla física sino una pared metafórica, que indicaba al observador dónde terminaba un mundo y comenzaba otro, no solamente como signo visible del férreo control que se aplicaba en el "socialismo real" sobre el desplazamiento de la gente, sino también como escarmiento para los alemanes en el propio corazón de su país, de manera de impedirles olvidar que el nazismo había desencadenado la Segunda Guerra Mundial y que ese conflicto de seis años había provocado la muerte de 55 millones de personas, incluidas las víctimas de los campos de exterminio y 26 millones de soviéticos. Claro que tampoco se salvaron los civiles de la propia Alemania, masacrados bajo los bombardeos de Dresde, Hamburgo y la misma Berlín, entre otros.
El autor de esta nota cruzó el muro en abril de 1982, pasando por el famoso Check Point Charlie e ingresando a Berlín Oriental luego de pasar por la "tierra de nadie", franja baldía que lo bordeaba totalmente. El recorrido fue una experiencia idéntica a las películas de espionaje, porque luego hubo que franquear grandes alambradas, enfrentar una larga revisación de documentos en el puesto militar y recién entonces entrar en la zona oriental, donde la vida callejera parecía congelada. En ese otro Berlín había quedado la parte monumental de la ciudad, con la catedral, la ópera y la avenida Unter den Linden, aunque toda la visita tuvo un clima bastante espectral luego de abandonar la vitalidad cosmopolita de Berlín Occidental. Como recompensa, empero, estaba la Isla de los Museos, para echar vistazos deslumbrados al Altar de Pérgamo, esa joya helenística como hay pocas, y a los bajorrelieves esmaltados de Babilonia.
Veinte años después de aquella visita y dos décadas después de la caída del muro, el mundo es otro y Berlín ha tenido un resurgimiento espectacular. Pero la memoria de los tiempos difíciles demora en borrarse, tanto para un viajero del pasado como para los veteranos berlineses que vivieron a ambos lados de la enorme pared divisoria. Aunque parezca mentira, las murallas que detienen a la gente no desaparecen, porque los norteamericanos han levantado una en la frontera con México y los israelíes alzaron otra en torno a Cisjordania. Esa tendencia demuestra que la Edad Media no ha quedado atrás.
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