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ALEJANDRO NOGUEIRA
Más allá de las lecturas de los resultados electorales del domingo, que marcan la cancha, los diferentes actores políticos emitieron distintas señales desde entonces. El Frente mostró la indigestión que le ocasionaron los resultados preliminares, pero se repuso exultante al otro día con la mayoría parlamentaria.
El Partido Nacional, que arrancó la jornada deprimido, se alegró hacia la noche con el balotaje y empezó después a metabolizar que tiene por delante un escenario muy peliagudo y argumentos febles para sostener que lo mejor es contrarrestar a Mujica con una presidencia blanca, una línea de razonamiento que, sola, no alcanza para quien pueda imaginarse un gobierno trancado por el Parlamento, con los sindicatos en la calle, y con el decreto y el veto por únicas armas.
De cualquier manera el Partido Nacional y, a la vez, el Partido Colorado, tienen su lucha escrita en los resultados y deberán darla hasta el fin.
Pedro Bordaberry asumió, firme, el riesgo de pagar costos políticos por decir, la misma noche de las elecciones, que apoyará a Lacalle a un electorado que recuperó para su partido instándolo a "volver a casa". Los liderazgos de largo plazo se construyen no solo con aciertos, sino con pasos peligrosos como el que dio. Ayer el Partido Colorado se pronunció institucionalmente por apoyar a Lacalle, sin asumir una actitud proactiva, lo que no se explica del todo considerando la relevancia que tiene para el renacimiento de esta colectividad histórica aún en proceso de obtener una plataforma de poder en el próximo gobierno. Las fuerzas de renovación colorada mantienen lastres.
El Partido Independiente emitió algunas señales ambiguas y hoy se define. Preso de su cortedad preelectoral para hacer valer su vocación de fiel sensato de una balanza política en un país dividido, difícilmente pueda dejar el limbo que eligió antes sin quemarse como un bonzo con un mensaje contrario al ya expresado.
Otras señales son los tímidos pronunciamientos desde filas blancas y frentistas acerca de un gobierno con participación ministerial del adversario. Danilo Astori fue ayer más explícito, pero el que manda es Mujica y, en todo caso es él quien deberá asumir compromisos de este tenor que no suenen a cantos de sirena. Los antecedentes del Frente y la mayoría parlamentaria consagrada van a pesar mucho en contra de esta cohabitación.
También Lacalle, desde su compleja situación, deberá manifestarse en este sentido porque lo que se diga desde otros niveles partidarios no es convincente: sabe que lograr "acuerdos globales" no es un asunto de papeles.
Hay señales que seguirán apareciendo, por ejemplo, el debate entre los candidatos o entre las fórmulas. El primer tipo de debate es improbable (sin mayores costos para Mujica), mientras que el segundo empieza a tomar cuerpo. Es que Lacalle tiene que arriesgar, aún en esas reglas de Mujica, porque lo de él será arriesgar como un león bravo sin cometer errores. No es tradicional un debate de fórmulas, pero no está escrito en piedra que no pueda hacerse, especialmente en una campaña que fue de fórmulas.
El candidato del FA deberá también tornarse muy prudente, mejorar el habla y sofrenarla y lograr algo más la pinta si quiere ganarse una representación decorosa de la nación, de toda ella.
Lacalle tendrá una lucha mayor: no quedar como el icono de la "derecha". Por décadas el estigma en Uruguay fue ser "de izquierda". Eso cambió.
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