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HEBERT GATTO
No sin algún pronóstico apurado, que alentó alegrías y decepciones prematuras y a lo ajustado de las cifras, culminó la primera parte de las elecciones nacionales. A partir de ahora la expectativa se alargará hasta el 29 de noviembre cuando se elegirá el Presidente.
Cuando esto se escribe, los números oficiales adelantados por la Corte Electoral señalan que de no ocurrir alguna variación con los votos observados, el Frente Amplio obtendría mayoría en ambas cámaras. Un resultado adelantado como posible por las encuestas, que abre incluso, aunque luzca improbable, la posibilidad de un gobierno minoritario sin mayoría parlamentaria.
En cualquier caso, el país poselectoral no se diferencia demasiado al anterior a los comicios, ni siquiera en los apoyos electorales de las distintas fuerzas, salvo, aunque resulte paradojal, en la composición interna de su izquierda.
Superficialmente, tal como ahora ocurre, el Uruguay sigue dividido en dos sectores: frentistas por un lado, blancos y colorados por otro. Estos últimos ya alineados con los blancos para enfrentarse en segunda vuelta con la coalición de izquierda. Como si en el Uruguay político las permanencias fueran mayores que las rupturas y las alianzas tuvieran tendencia a perpetuarse.
Sin embargo, pese a estas semejanzas, la izquierda parlamentaria electa no constituye una mera continuidad de la que todavía gobierna.
Por primera vez desde el reestablecimiento de la democracia predominarán en ella los grupos más radicales agrupados en el Movimiento de Participación Popular, coaligado con el ortodoxo Partido Comunista Uruguayo. De allí también proviene el actual candidato a Presidente. Si hasta ahora representaban aproximadamente un tercio de la coalición, desde este momento los ex guerrilleros superarán la mayoría de la misma.
Por más que ya no los distinga una franca radicalidad ideológica como la de antaño, cuando el Frente estaba lejos de la democracia liberal y el entorno de guerra fría propiciaba que cada puja electoral, se asemejara a capítulos locales de una contienda mundial. Ninguno de los actuales grupos constituyentes del M.P.P., ni siquiera el M.L.N. como su núcleo duro, mantiene la pureza doctrinaria, ni, salvo el P.C.U., adhiere netamente a las perimidas teologías políticas de antaño. Pero eso no les impide manifestarse como anticapitalistas, adherir a una línea internacional cercana a Chávez y al resto de los populismos latinoamericanos, ni aclarar, como hacen, que una cosa es el gobierno y otra el poder y que sólo este último habilitará los cambios que el país necesita.
Es cierto que José Mujica ha intentado desvincularse de ese programa manifestándose co-mo una suerte de populista pobrista con toques evangélicos; no lo es menos que sus socios más cercanos, aquellos con los que militó toda la vida y que ahora dominarán la coalición y el Parlamento, se han comprometido públicamente a vigilar su gestión y no permitirle desviarse de su ruta con concesiones a la minoritaria socialdemocracia astorista.
Lo cierto es que de triunfar el Frente, el futuro de los uruguayos se dirimirá en esa soterrada pugna interna. O lo que es lo mismo, el desenlace descansará en la fortaleza de Mujica para resistir a la mayoría de su propia coalición. No parece una perspectiva demasiado alentadora.
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