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Los uruguayos son más intolerantes de lo que ellos creen y tienden no sólo a desestimar al adversario político sino algunas veces a desacreditarlo, lo cual no es saludable para la convivencia, para el manejo de los valores, para el conocimiento de los congéneres ni para la cohesión social. Creer que los buenos somos nosotros y los malos son ellos -como ocurre en ciertos sectores ideológicos- es una de las formas de devaluar el sentimiento democrático, pero es también una manera de erizar los enconos y poner en riesgo las posibilidades de una verdadera paz dentro de la comunidad. Por razones no sólo terapéuticas, siempre es bueno escuchar las motivaciones que tiene el comportamiento del otro, tratar de comprenderlas y admitirlas, por más que discrepen con las que uno sostiene. Ese reconocimiento, que no es fácil de alcanzar, constituye sin embargo el camino hacia una coexistencia armónica y un clima pacífico, rasgos esenciales para que una sociedad pueda ser habitable.
Después del remolino de las elecciones nacionales, hablar de una sociedad habitable consiste en defender la estabilidad de esa coexistencia entre sectores y tendencias. Cuando la paz social se destroza, como sucedió en el Uruguay a fines de los años 60, el ciudadano descubre lo que es un trasfondo de violencia, una sensación de riesgo, un miedo creciente ante la realidad que se oscurece y el futuro que tambalea. Su vida personal y familiar se descalabra, porque ya no existe el marco de confianza que conocía y tampoco las garantías bajo las cuales se amparaba toda su actividad y se formulaban todos sus planes. Recién entonces advierte la importancia que tiene una sociedad habitable, donde la gente sepa aceptar (y respetar) al prójimo y nadie enardezca al adversario por ningún motivo.
La recomendación viene al caso porque este país integra un mundo donde desgraciadamente abundan los ejemplos de descomposición política y social, dentro de los cuales se levanta siempre el fantasma de una violencia que desemboca en el desastre. Los episodios de masacre y descuartizamiento entre bandas de narcos en México, son una muestra de ese mundo que se hace pedazos de la peor manera a causa de los colosales intereses económicos que se mueven en el negocio de la droga. La guerra campal entre otras organizaciones de traficantes en las favelas de Rio de Janeiro, donde sigue creciendo el número de muertos, es otro ejemplo al respecto, con las consecuencias imaginables para la vida de esa ciudad y de su población. Algunos sitios maravillosos se están volviendo inhabitables.
En el primer mundo no se borran algunos focos de enardecimiento terrorista. La banda vasca de la ETA es uno de ellos, sigue amenazando a los españoles con atentados y mantiene su voluntad criminal según puede saberse a medida que la policía del sur de Francia continúa deteniendo a dirigentes de la organización y descubriendo arsenales clandestinos. No hace falta ser Sigmund Freud para detectar la trágica contradicción de esos combatientes, que invocan para su lucha armada ciertos ideales y sin embargo los anulan con el método asesino que caracteriza a sus emprendimientos. Lo que podía tener algún sentido bajo el régimen franquista (que terminó hace 34 años) ha dejado de tenerlo bajo el sistema democrático, pero los psicóticos de la violencia no lo entienden así, de manera que la región vasca también puede volverse un lugar inhabitable.
En Pakistán se ha lanzado un gran operativo terrestre y aéreo contra los destacamentos talibanes que provienen de la vecina Afganistán y que desestabilizan a ese país, amenazando con tomar el control auxiliados por fuerzas fundamentalistas del propio Pakistán, sin olvidar el peligro adicional de que esa nación figura entre las potencias nucleares del mundo. Ese descalabro regional no es ajeno a la guerra que la invasión anglosajona inició en 2001 y que ya lleva ocho años con resultado incierto, pero con temibles consecuencias para la vida de los paquistaníes, como surge de los frecuentes atentados dinamiteros acompañados de un horrible saldo de muertes. Allí hay otro cuadro de un país que va convirtiéndose en inhabitable.
Esos y otros datos que profanan a este azorado mundo y generan áreas inhabitables, deben servir a los uruguayos de hoy para preservar en su país las condicionas morales, culturales y cívicas capaces de mantener viva una atmósfera habitable, que suele ser el resultado de espíritus apacibles y mentalidades tolerantes, nada más y nada menos.
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