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Hablaron las urnas. Y hablaron claro. Dijeron, por lo pronto, que para ganar el gobierno en primera vuelta no basta con realizar interminables caravanas, ni con inundar los balcones, los paseos y hasta las playas de banderas, ni con seguir arriando como ganado a miles de uruguayos que residen en Buenos Aires cada vez que las papas queman. Y mucho menos con vender la piel del oso antes de cazarlo.
Las urnas llamaron a balotaje. Mostraron que el Frente Amplio sigue siendo la fuerza más votada del Uruguay. Que 48 de cada 100 uruguayos prefiere al Frente Amplio a cualquier otra opción. O, lo que es lo mismo, que 52 de cada 100 uruguayos prefieren cualquier otra opción al Frente Amplio.
En el cuarto secreto los uruguayos pusieron un freno al crecimiento constante y aparentemente imparable del Frente Amplio, una coalición que desde su nacimiento en 1971 no cesaba de crecer en número de sufragios. A la vez, dejaron claro que los partidos tradicionales, y en especial el Partido Nacional, ha perdido fuerza en algunos departamentos donde ahora manda la izquierda. ¿No es una señal de alerta que el Frente Amplio haya ganado en nueve departamentos, además de haberse impuesto en sus tradicionales bastiones de Montevideo y Canelones?
La ciudadanía mostró que el Partido Nacional, que emanó de las internas del 28 de junio como una fuerza arrolladora, perdió empuje y foco en su campaña. Que cometió errores. Que anduvo por donde no debía. Y le pasó factura.
También los uruguayos demostraron qué equivocados estaban los que hace cinco años pronosticaban la desaparición del Partido Colorado. Que, dicho sea de paso, eran los mismos todólogos que en 1999 anticipaban la extinción del Partido Nacional. Son los mismos que, como reconocimiento a su labor, siguen opinando, analizando y llevando de la mano a la opinión pública en cuanto espacio de televisión y radio los convoca.
Quedó establecido que los radicales de izquierda, que tienen su propia radio y su diario, que predominan en varios sindicatos y que han protagonizado algunas manifestaciones destempladas en estos últimos años son una ínfima minoría (0,6%). Y también quedó claro que el Partido Independiente no logró enamorar ni entusiasmar, quizá por un discurso excesivamente distante y pretendidamente elitista, o tal vez porque nunca en toda la campaña se animó a disputar frontalmente los votos "prestados" por muchos uruguayos a sectores moderados del Frente Amplio en 2004.
Las urnas volverán a hablar el 29 de noviembre. El Frente Amplio, como es su costumbre, está anunciando que ya ganó. Que con el 48,16% en primera vuelta no hay forma de que Lacalle pueda ganarles un balotaje. Y a primera vista, pareciera tener sentido.
Veamos. Si usted perteneciera al 2,47% que votó al Partido Independiente, ¿le daría lo mismo que el presidente fuera Mujica o Lacalle? ¿De verdad? ¿Y si fuera parte del 1,2% que por alguna causa anuló su voto? ¿Se arriesgaría a volver a hacerlo, sabiendo que podría lamentarse cinco años de haber puesto a un ex guerrillero en la Presidencia de la República? ¿Y el 0,9% que votó en blanco? ¿Volverá a hacerlo en este cruce de caminos que enfrenta la nación?
Y lo que es más serio, ¿será que todos los votantes del Frente Amplio en primera vuelta quieren que Mujica sea el presidente? ¿No pasará como con la Ley de Caducidad, donde más de un 1% de los votantes del Frente Amplio no apoyaron la derogación de la ley? ¿O como con el voto epistolar, donde un 12% de los frenteamplistas no siguieron la recomendación de su partido?
Como decía Batlle y Ordóñez, en política el que se precipita, se precipita.
elpepepregunton@gmail.com
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