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MIGUEL CARBAJAL
Sin grandes estructuras, en plena tarea de imponer al cine como la última y definitiva forma de entretenimiento, aquejado por los aportes de la tecnología (primero el sonido, luego el color), necesitado de nuevas estrellas que le aportaran el brillo del carisma a cualquier actuación, Hollywood carecía de prejuicios. Si se tenía una buena fotogenia lo demás no importaba.
¿Qué hizo de Valentino un mito? Su procedencia era espuria hasta para los mismos italianos que anatemizan a los ciudadanos del Sur, y más si son isleños. Moreno por demás, de una estatura escasa, obligado a permanecer mudo para que el slang italiano no se volviera un ancla, Valentino convirtió en virtudes todas sus carencias a partir de un perfil que transformó a John Barrymore en una caricatura. Pero no fue el alarde de su virilidad nasal lo que hizo de él una leyenda sino el hábil manejo de su ambigüedad sexual. Carente de prejuicios, pese al fetichismo que impuso no debía ser bien visto en su tierra natal, se entregó con docilidad a las maquilladoras del estudio y permitió que los elementos de la cosmética femenina hicieran de él un símbolo erótico.
La ingeniería de rimel que se levantó a su alrededor lo catapultó como un modelo de glamour sin que la pesada carga lo arruinara conceptualmente. Las mujeres desfallecían ante ese galán atípico, un hombre maquillado como una mujer, coqueto como una mujer y permisivo de más en terrenos amatorios. Todo le era permitido aunque lo veían como lo que era realmente: un fruto prohibido.
El Hollywood de esa época se movía fuera de la censura y de los nacionalismos. El galán por antonomasia era italiano. Una actriz de seducción algo nórdica pero bendecida por la iluminación, era sueca. Greta Garbo era más rígida que Valentino, pero de una expresividad impar. Cuando buscaban un producto exótico tropezaron con la alemana Marlene Dietrich. La contrataron por sus piernas esbeltas y resultó ser en la realidad una gordita atiborrada de proteínas. Tuvieron que inventarla de nuevo sin arruinar su único tesoro plástico: el arco de las cejas, leve como un dibujo a punto de desvanecerse.
Luego se estableció la rigidez étnica: importaba únicamente el pasaporte y sólo se lo aceptaba si calzaba con naturalidad en el star system, hasta que le borraban el vestigio de la matriz. Desde entonces Hollywood sólo ha tenido glorias locales o provenientes de Inglaterra, y ahora de Oceanía.
Los grandes nombres del cine francés valieron una, dos películas a lo sumo. ¿Cuánto cuesta un lanzamiento? A Anna Magnani le facilitaron un Oscar, a Sofía Loren la adoptaron por un tiempo pero a la larga triunfó la napolitana que lleva dentro. A Gina Lollobrigida no la salvó ni el padrinazgo íntimo de Howard Hughes. A Antonio Banderas, que pudo haber sido el nuevo Valentino, lo eternizaron como el Zorro.
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