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Visita. Una votante de 108 años lo sacó de la rutina
RAÚL MERNIES/SEBASTIÁN CABRERA
El candidato del Partido Nacional preparó con mucha cautela su recorrida matinal por Montevideo, pero una llamada telefónica lo sacó de la ruta y una grata sorpresa lo hizo emocionar hasta las lágrimas.
Detrás de los portones cubiertos por chapones que impiden husmear, Luis Alberto Lacalle rezaba y los responsables de la inevitable recorrida electoral ajustaban detalles.
Cuando Lacalle abrió la puerta, a las nueve de la mañana, y convidó a la prensa con galletitas "Qki" -según contó, hechas por su nieto que "descubrió que haciendo una mezcla y poniéndola en el horno aparecen galletitas"-, no tenía idea de que el hecho más relevante de su mañana electoral tendría nombre y apellido, y además, era lo único que estaba por fuera de su estricta y ordenada agenda.
Luego de anunciar que recorrería 15 establecimientos partidarios y que compraría bizcochos "para todos", Lacalle atendió a la prensa y repitió hasta el cansancio que lo único de su pasado que le genera seguridad es haberse casado con Julia Pou, "Julita", como él la llama: "eso sí lo haría otra vez".
Ágil, de buen humor y haciendo chistes, el candidato comenzó su travesía por los principales clubes partidarios.
En ninguno estuvo más de cuatro minutos. En todos comentó las fotos que colgaban de las paredes y las historias que contaban. A cada una de las mujeres que saludó le dijo que era "la más linda" y repitió sin cansarse que "hoy es el increíble día en que todos valemos uno, sin importar de dónde hayamos salido. Cada uno tiene una pequeña porción de poder en sus manos y la va a prestar por cinco años más". Además, al salir de cada una de las sedes cerró su visita con un: "muchas gracias por el esfuerzo y que Dios los bendiga". Sus seguidores, o más que nada sus seguidoras, le devolvieron frases del estilo: "Te conozco hace 40 años Cuqui", "Mi marido era un fiel seguidor suyo" y el tradicional "¡Pre-si-dente, pre-si-dente!". A la altura del local de la lista 2004 en Ejido y Soriano, a Lacalle ya le habían anunciado por teléfono que habría una escala imprevista en Avenida Brasil y la Rambla. Pero nadie sabía que el motivo de esa parada por fuera de agenda, Margarita Cáceres de Artola, de 108 años, quería recitarle un poema que lo iba a emocionar. Margarita, o "Mima", que esperó a su "querido doctor", sentada en el living de su casa luciendo una pañoleta celeste en el cuello con un prendedor del Partido Nacional, está segura de que su sufragio de ayer "fue el último", y por eso le pidió a sus familiares que se pusieran en contacto con Lacalle, "porque ella le quería decir algo", comentó su hija, que tiene 82.
Lacalle se sentó en el posabrazos del sillón en el que estaba su "más fiel" votante, le tomó la mano y escuchó: "Saravia, ¿cuál fue tu idea? Con varonil entereza de tu patria la grandeza buscaste para el oriental...". Los versos rimaron uno tras otro en boca de Margarita quien sacó credencial en 1937, para votar a Baldomir.
El living estaba colmado: prensa, hijos, nietos y bisnietos escucharon con un silencio solemne las palabras de la anciana, que recitó todo lo que pudo, hasta que una leve sonrisa y una mirada a firme a los ojos de "su" candidato, dio a entender que no recordaba más. "Falta el final que es muy lindo", dijo Margarita, pero Lacalle, mudo de asombro, sólo pudo hacerle una cruz en la frente con su pulgar derecho y darle un beso con los ojos llorosos.
A las 13.30 los portones de la casa se cerraron y no volvieron a abrirse hasta las 16.30, cuando salió a votar, acompañado por "Julita" y Pilar, su hija.
El voto. Llegó al local donde votó, la escuela 51 República de Paraguay en Julio César y Rivera, a las 17.00, flanqueado por dos motos del comando Puma. Allí lo esperaban decenas de militantes con banderas, además de periodistas uruguayos y extranjeros.
Vestidos de negro, los efectivos de seguridad hicieron un túnel para permitir su ingreso, mientras sus seguidores le tiraban besos y alguno intentaba tocarlo. Parados en un muro, 10 adolescentes con banderas del Frente Amplio le dedicaron algún grito un tanto hostil.
En la mesa mostró la credencial ("qué pinta eh", bromeó), le dieron el sobre 273, saludó a un militar y entró al cuarto secreto. Al salir, besó el sobre y esperó el flash de las cámaras: "Qué dios los bendiga", volvió a decir. "¡Dejen hablar al jefe, dejen hablar al jefe!", gritaba un militante nacionalista, cuando Lacalle salió de su circuito rodeado de micrófonos y cámaras, y se subió a un banco en el patio de la escuela. Exigió silencio a sus enfervorizados militantes, algunos subidos a los techos de la escuela. "Respetemos a los que están trabajando", pidió.
Saludó a todos los "hermanos orientales", "con indiferencia de a quién hayan votado", y pidió: "Mañana hay que darle la mano a ese vecino que votó distinto, que tiene otra bandera".
Entre sus dichos, afirmó que "se abrirá otra instancia" en noviembre, pero aclaró que "si no fuera así", le enviaría "un saludo a quien resulte presidente".
Hizo la señal de la victoria y fue a misa en la parroquia Stella Maris, de Carrasco, donde disfrutaría de su coro favorito.
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