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REBAR
Amediados de septiembre, Isabel II se acicaló para recibir sin palangana al cráneo ni corona en testa, al escritor William Shakespeare (¡perdón!... la proximidad de las edades de una y otro me empujó a la confusión)... al escritor William Shawcros, quien tendría el honor de ingresar al Palacio de Buckingham con un libro bajo el brazo, en señal de suerte (que mucho la necesita la soberana, con todo lo que le endosa la sagrada familia de los Windsor). Esta vez, se hizo acompañar a la ceremonia por su hijo mayor, que cada vez que recibe un llamado palaciego, piensa: "Estoy puesto", y vuelve a las cintas -desilusionado-, para esperar la campana de largada. Entreveo que, cuando los historiadores del siglo XXII se refieran a Carlos de Inglaterra, le acoplarán el apodo de "El postergado".
Shawcros es el autor de la última biografía de la Reina Madre (pende la amenaza de que vendrán otras): de ahí que, hija y nieto hayan tenido la gentileza de recibir al "Wiyam" con toda la pompa, sin descartar que luego de leer el libro deban retirarle el saludo, y salga un día el vocero de su Majestad a desmentir lo que figura en la página X, donde se dice que a la Reina Madre le encantaba apostar por mitades a sus favoritos en Epsom o Ascot, cuando en realidad la monarca nunca jugó a placé...: o, peor todavía, que le gustaba hacer redoblonas con Jorge VI a la cabeza, y el sexto Jorge a sus pies.
En verdad, la Reina Madre fue un espejo al que no siempre se asomaron algunas de sus descendientes, tal el caso de su hija menor -Margarita- que arrojaba sus pétalos a la marchanta, con generosidad conmovedora. Fue, asimismo, una dama que imponía por su serenidad: tanto era así, que observaba con interés y sin que se le moviera la capelina madre, cuando la British Broad casting Corporation (la BBC, que le dicen) ensayaba frecuente y respetuosamente el recorrido de las múltiples cámaras destinadas a televisar su sepelio. Es probable, además, que austera como siempre se mostró, ordenara eliminar caballos y coronas para no caer en excesos que serían muy mal vistos entre la población.
Supongo que -ya que no la protagonista, pues había pasado el centenario cuando la emisora confirmó en vivo (bueno, no tanto) y en directo, la eficacia de tan prolija preparación- deba ser ahora su hija mayor -Isabel II- quien lea el libro antes de salir a la venta, y conceda su V° B°.
Digo... para evitar líos ulteriores, porque también las monarquías pueden provocar escándalos semejantes a los que ocurren en las democracias, toda vez que se publican biografías no autorizadas, o no leídas previamente.
¿Por qué y por quién habré dicho esto último?... Bueno, ya me acordaré.
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