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Francisco Faig
Nada deja pensar que seamos todos iguales. Lo más inmediato en la observación de cualquier conglomerado social es percibir diferencias. Y no solamente las que responden a talentos y virtudes propios de cada uno de los integrantes de una sociedad, y que hacen que cada individuo sea único e irrepetible.
También las hay, en función de las riquezas propias o heredadas, por la posición social que se ostenta, o por la acumulación de capital cultural o experiencias de vida que se tenga.
Sin embargo, el ejercicio del voto impone a todos aceptar lo que podemos llamar la ficción democrática, que es esencial al funcionamiento de nuestro orden político.
Aceptarnos como iguales para decidir; aceptar lo que decida la mayoría; y aceptar un gobierno que ha de representar a todos los ciudadanos.
Por un momento, en el secreto de la decisión personalísima, con las garantías del sufragio libre y secreto, hombres y mujeres asumen convencidos que todos valemos lo mismo.
El principio aceptado ha de ser el de una persona- un voto, sean cuales fueren las diferencias que tengamos entre nosotros.
No conforme con ello, el principio democrático define además, que todos debemos aceptar el resultado de la expresión de las urnas y su traducción en la atribución de poder según reglas prefijadas. El pueblo define mayorías y minorías; lauda entre las distintas opciones que se le presentan para elegir.
Definida libremente la mayoría, es en nombre de los ciudadanos que se ejerce el poder.
El gobierno los representa, porque hubo una decisión colectiva, una liturgia democrática, que le dio, en el secreto del voto universal, esa responsabilidad. Representa a quienes ganaron las elecciones, pero también a quienes perdieron, porque debe respetar los derechos de las minorías.
Se debe ajustar pues al imperio de la Constitución, pacto social y político supremo, que en nuestro país, sabiamente, sólo puede entrar en vigencia si es ratificado directa y expresamente por el pueblo.
La ficción democrática no es un principio natural y está lejos de acompañar el primer impulso intuitivo de los hombres que se desenvuelven en sociedad. Es, por el contrario, consecuencia de una convicción racional. Tiene que defenderse cuando es atacada. Precisa de ciudadanos alertas. Debe siempre convencer de su legitimidad. Y tiene que ser, por tanto, enseñada y aprendida todos los días.
Es una convicción que asume la igualdad de los seres humanos, y su libertad para elegir. Detrás de las diferencias coyunturales y notorias entre los hombres, existe una igualdad esencial que responde a su naturaleza misma.
Porque se es persona, se es un semejante.
Y porque apostamos a la persona moralmente autónoma, es que creemos que tiene el derecho y la capacidad de definir, de acuerdo a su leal saber y entender, qué es lo mejor para la sociedad en la que vive.
Los tiempos de elecciones son tiempos de reafirmación de nuestra ficción democrática.
Se construye desde la racionalidad. Se promueve desde el convencimiento moral de la igualdad de los hombres. Se legitima desde la práctica periódica del sufragio. Se consolida desde la aceptación de los resultados electorales.
Y enamora. Porque es la arquitectura política que permite lo que Hannah Arendt llamó la inter hominem esse: el ser en común de los hombres que contempla la pluralidad en la igualdad.
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