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 Sábado 24.10.2009, 01:46 hs l Montevideo, Uruguay
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Editorial


Enfoque

La moral de un candidato

Aníbal Durán Hontou

Inmersos en el fárrago electoral y con la veda vigente, me parece perentorio escribir sobre el tema del título.

Ya he sostenido desde estas páginas que alcanzaremos mejores niveles de vida cuando entendamos que nuestro relacionamiento (el de toda la sociedad), tiene que estar impregnado de reglas morales estrictas.

Y sustancialmente en la clase política, que nos gobierna, toma decisiones, marca el rumbo…

Deslindemos: ética es la reflexión sobre el fenómeno moral.

Las reglas, las normas, el contenido de la acción humana, son morales.

Hablar hoy de la ética y la política no debe ser un mero ejercicio de retórica; por el contrario debe ser un presupuesto a todo intento de respuesta a las incertidumbres e inseguridades que nos acechan.

Porque además la política se confunde con el interés general. Un hombre político es un hombre que pertenece a todos. No ejerce una profesión, cumple un mandato. No sólo es responsable de lo que dice o hace; sus abstenciones o silencios le comprometen tanto como sus actos y palabras.

La política como "arte" del gobierno, es un elemento necesario del Estado. Sin política no puede haber vida social institucionalizada, ni es posible la convivencia civilizada bajo el Derecho.

Su existencia unida a la ética y a la idea de objetivos vinculados con el bien común, marca el comienzo de la reflexión sobre la ciudad, la República, el Estado.

En la acción el político se mezcla con la tribuna, que es altar de la palabra. Como en los altares se requiere la oración, el recogimiento y el respeto.

La tribuna debe ser a la vez la prueba de la conciencia y del talento. Lo que hace falta exponer en ella debe ser sincero, no mentir a los demás y no mentirse a sí mismo.

Un candidato a Presidente de la República no ejercería su función, ni comprendería su utilidad, sino dijera libre y sinceramente su opinión sobre todas las cuestiones que pueden comprometer el porvenir del país.

Y transmitirlo sin intentar moralizar. El hombre que moraliza es frecuentemente un hipócrita.

El moralista busca imponer en otros su visión de cómo ellos deben vivir y comportarse.

Cuando el cuerpo político es inmune a los moralistas, éstos aparecen como meras figuras cómicas, pedantes y cascarrabias que se quejan y echan culpas, blandiendo paraguas iracundos contra todo aquello que sea diferente a ellos mismos.

Ahora… cuando el cuerpo político no es inmune, entonces constituyen un peligro, haciéndole la existencia miserable a la gente cuyo estilo de vida difiere del de ellos.

El candidato debe tener firmeza y previsibilidad para la función. La firmeza surgirá de su temple y convicciones personales, de su carácter adecuado para las distintas circunstancias que conlleva gobernar y del acabado conocimiento que deberá tener de cómo funciona un país y cómo lo inserta en el mundo.

Deberá inspirar confianza actuando con patriotismo, con probidad, pero además tendrá que actuar de manera previsible, como fue dicho.

La previsibilidad refiere a que debe imprimirse en el país un rumbo cierto con el cual se podrá discrepar, pero se sabe que se va hacia un norte, el objetivo es claro. Con un partido compacto atrás, sin disidencias conceptuales.

Se requiere menos verborragia, menos chabacanería, más solidez conceptual.

Proponer algo en la etapa preelectoral y faltar a esa promesa es una inmoralidad.

Un candidato no puede ocultar su pensamiento, tiene que ser necesariamente diáfano y someterse al juicio de la gente, debatiendo con su contrincante ocasional para facilitarle la tarea a los electores.

En el balotaje debe haber debate. Precisamente es un DEBER MORAL DE LOS CANDIDATOS.

Los VALORES son ínsitos al candidato; el primero, ser fiel a la democracia. Bajo ningún recurso del tenor que sea (por ejemplo: manoseo constitucional, como ocurre en otros países) puede alterarse el dogma de la representación democrática.

Otro valor imprescindible es la honestidad, económica e intelectual.

Los que no están animados por el sentimiento del interés público y buscan en la política un refugio y hacen de ella un oficio, cuando debería de ser un deber, tienen que ser radiados.

La honestidad intelectual refiere a la coherencia entre lo propuesto a la sociedad y lo que se ponga en práctica. Si esto no sucede se viola el contrato moral con sus votantes.

En definitiva la función de Presidente dependerá del hombre que la ejerce.

Éste, como paladín de la democracia y la república, no deberá intentar reducir a las personas y sus logros a un común denominador; deberá proponer elevarlas, ambiciosa y hasta dramáticamente, lo más cerca posible del ideal.

La tendencia niveladora (siempre en boga) crea un impulso descendente, que desprecia a la excelencia porque levanta montañas donde el espíritu democrático y liberal desearía que existieran llanuras…

El País Digital

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