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 Martes 20.10.2009, 21:53 hs l Montevideo, Uruguay
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Nacional


A un año del fallecimiento del Arq. Eduardo Scheck

Reuniones germinales, cotidianas y abiertas

El escritorio del Arq. Eduardo Scheck era un cenáculo cotidiano de puertas abiertas. Por esa sencilla oficina alhajada con trofeos y recuerdos en el primer piso de la Administración de El País desfilaron durante más de cincuenta años, presidentes en ejercicio, literatos de fama, innumerables artistas de todas las disciplinas estéticas, técnicos de las más variadas especialidades y emprendedores con proyectos que El País podía impulsar. Tan pronto ingresaba en el grupo una persona de fama, como otra que en ese instante podía estar iniciando su camino hacia ella.

Pues no era la fama sino el talento lo que abría las puertas de esas reuniones; allí alternaban personas de todas las condiciones sociales, no era el título académico o la posición encumbrada lo que habilitaba el ingreso en el recinto donde Lalo desarrollaba el mayor y más singular de sus méritos. Lo que permitía el acceso era la capacidad personal para aportar a un diálogo inteligente, propiciar iniciativas, realizar crítica constructiva o relatar experiencias aleccionantes.

Con el tiempo la literatura de marketing encontró nombres pomposos para esas prácticas, tales como "brainstorming" o "focus group", sujetos a técnicas rigurosas aunque sin mejores resultados. La diferencia era que Lalo generaba esos ambientes de manera espontánea y amena, los disfrutaba y hacía disfrutar; la suya era una vida en constante búsqueda de los mejores parámetros.

No sólo los más íntimos sino todos los uruguayos sufrimos una enorme pérdida con su fallecimiento. Son innumerables los proyectos colectivos o personales que se gestaron o perfeccionaron en ese particular ámbito. Y muchos de ellos tuvieron consecuencias sociales profundas gracias al efecto multiplicador de El País.

De Lalo podría elogiarse su humildad cuando solventaba sus gastos personales ejerciendo como periodista deportivo mientras culminaba su carrera universitaria. Podría destacarse el reconocimiento a su capacidad cuando integró la Comisión Nacional de Bellas Artes, presidió el Directorio de El País y Teledoce. O cuando con sus socios Oscar Mezzottoni y Oscar Ariasi dejó su marca en numerosas obras arquitectónicas en Montevideo y Punta del Este, o cuando con sus hermanos creó las celebradas revistas Lunes (1955) o Reporter (1961) o cuando en 1945 integró el juvenil grupo que consiguió la primera impresión a colores en impresión rotativa (logro probablemente mundial) o cuando en 1950 contribuyó a que El País pudiera ofrecer las primeras telefotos exclusivas con imágenes de la noche anterior durante el Mundial de Maracaná.

Podría decirse mucho más; pero nada iguala a esas inolvidables reuniones en torno a su escritorio que disfrutamos tantos y tantos uruguayos, comenzando por todos los funcionarios de la empresa quienes nunca tuvimos que pedir audiencia para recibir su oportuno y sabio consejo. Lalo era una enciclopedia del buen periodismo y de toda la tecnología de impresión; además de un humorista gestual, un maestro de la demostración por el absurdo, un crítico severo cuando era necesario, un iracundo defensor de causas justas y un generoso dispensador de amistad a quien la merecía.

Pero ante todo era un empecinado promotor de la cultura. En 1955 encontró en la maestra Cata Burgueño de Padrón a la persona ideal para conducir un suplemento que contribuyera a la formación escolar y al entretenimiento culto entre los más pequeños. Fue enteramente suya la iniciativa de crear este producto que, transformado en colorida revista y lucida página web, nos relaciona con el periodismo desde nuestra edad más temprana.

Desde el retiro de Arturo Sergio Visca, recordado conductor del segmento cultural, esa área del mejor periodismo demandaba un esfuerzo mayor. Al retornar a Uruguay, Homero Alsina Thevenet se convirtió en un contertulio habitual y fue con él que Lalo Scheck concibió un proyecto particularmente ambicioso. Alsina era la persona ideal para gestar un suplemento Cultural al más alto nivel, costoso por las firmas nacionales e internacionales necesarias para asegurar la calidad del producto, pero plenamente justificado para rescatar ese, uno de los mayores valores nacionales que se nos estaba esfumando. Los uruguayos disponemos de este producto cuya fama trasciende fronteras desde 1989. Al fallecer Alsina Thevenet, Lászlo Érdelyi logró continuar un proyecto con idéntica calidad. Al mérito germinador de Eduardo Scheck se debe sumar en este caso, la comprensión y apoyo de un directorio que no vaciló en amparar un proyecto sin retorno económico posible; justificable únicamente por el compromiso con la cultura.

En 1997, cuando Internet era todavía una experiencia incipiente, la crítica de arte Alicia Haber y el periodista Guillermo Pérez Rossel procuraron su apoyo para crear un museo virtual de singulares características. Lalo redondeó la idea y el resultado fue el MUVA I, un edificio virtual de seis pisos "erigido" en la Plaza Cagancha con el cual se replicaba la experiencia sensorial de ingresar y recorrer un museo con consistencia física. La idea era aún más revolucionaria: procuraba aprovechar los recursos de Internet para dar a conocer al mundo la riqueza del arte uruguayo y agrega la particularidad que la mayoría de las piezas expuestas pertenecen a colecciones privadas y por tanto no pueden ser contemplados por todos sino sólo por algunos. Por momentos, hasta 4.000 personas de 121 países deambulan por esas salas "construidas" con tecnología tan primitiva como lo era el equipamiento de los usuarios de aquél entonces. Cuando mejoraron las redes de comunicación y los equipos, Eduardo Scheck también propició al MUVA II, un museo mucho más sofisticado y dinámico, esta vez en la rambla de Montevideo, frente al Golf.

La personalidad de Lalo Scheck no puede comprenderse integralmente sin considerar a su nervio motor, soporte de las tensiones que genera la pasión creativa presente en todos sus actos. Difícilmente pueda concebirse un matrimonio más completo y armonioso como el de Lalo y Beatriz Tarigo, complementarios en todo, elegantes, divertidos, enormemente cultos, comprensivos y solidarios. De todos los paradigmas que jalonaron su trayectoria, este es probablemente el que más ennoblece su recuerdo.

El País Digital

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