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MIGUEL CARBAJAL
Cuánto gana un cirujano plástico? Menos de lo que debiera. ¿Cuánto vale ser distinto a lo que realmente se es? ¿Vale tanto satisfacer la vanidad propia y las reglas invasoras que plantea el consumismo? En la Argentina, con la excepción de dos o tres personas nadie tiene la cara con la que nació. Una de las excepciones es Kirchner. Otra de ellas es Juanita Martínez, la muchachita de un pueblo de Santa Fe que salió con destino a Buenos Aires acompañada de su melliza, y un hermano cineasta, dispuesta a iniciar una carrera estelar en la capital. Jamás pensó llegar tan lejos. Aparte de tener una nieta que es una verdadera tentación, ha montado un verdadero emporio mediático. Es increíble que físicamente sea la misma que inició sus proyectos hace más de medio siglo. Unas fotos rescatadas recientemente del famoso festival de cine de Punta del Este demuestran lo parecida que era en los Cincuenta a lo que es ahora, por más que hubieron varios retoques no sustanciales por aquí y por allá. Pero Mirtha Legrand sigue siendo la misma. Actriz de moderadas condiciones, periodista inventada, hermosura local, provinciana impertinente, conservadora y cursi, la señora es un pequeño milagro estético. No todo lo que se dice de ella es verdad. Mantiene una cabeza joven y una inquietud despierta, pero como le recuerdan todas las semanas los programas armados que utilizan los archivos como esquema de trabajo, repite sus preguntas hasta el hartazgo. Todo queda velado detrás de sus famosos mohines, su sentido del ritmo y el despliegue de su autoritarismo. Jamás pregunta lo que realmente no debe, aunque roce esas fronteras con perseverancia. Pero lo que impone es una hermosura capaz de superar la competencia de generaciones menores y adictas al botox y el lifting.
¿Quién le puede seguir los pasos? Susana Giménez convirtió en virtudes sus defectos. Operó una mirada oblicua que le concedía gracia y se transformó en vedette del teatro de revista después que descubrió que con sólo usar botas de caña alta podía disimular sus gruesas pantorrillas.
Moria Casán es un mascarón de proa que pretende ser sexy. Graciela Alfano no existe. La belleza porteña más exultante de los últimos tiempos, Araceli González, nunca pudo salir de la publicidad de los jabones de tocador. Coca Sarli nació con un torpedo implantado en el pecho y Bo hizo de ella un ícono naif. El cutis de magnolia (el de ella y el de Madame Sukarno hicieron historia) y el abuso de una voz ronca jugada totalmente a lo erótico le valieron a Graciela Borges ser elegida como belleza internacional por "Life" en los Setenta. ¿Alguien lo recuerda? Zully Moreno, rubia y grandota, hizo jugar la influencia de su marido Amadori para que creyeran que ella era la más linda de todas.
Florencia de la V ha sido derrotada por la genética pero durante mucho tiempo tuvo más gracejo que todos los "gatos", así se los llama, que intercambian moldes de silicona en los elencos de Tinelli y de Rial.
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