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Juan Martín Posadas
La campaña electoral está produciendo sorpresas. Estupor renovado semanalmente. En el Frente Amplio los managers de la campaña (supongo que sean ellos) han decidido silenciar a su candidato, confinarlo en la chacra y que no se muestre mucho. Asombroso (a la vez de comprensible). Antes habían dispuesto disfrazarlo. El traje de medida es un símbolo: nada más contrario al personaje que Mujica se fabricó durante años que vestirse en Mutto (el mejor, el sastre de los magnates). ¿Lo que lo hizo popular lo hace impresentable? ¡Qué lío!
Además de cambiarle la pinta le han dicho que tiene que cambiar el discurso porque cuando dice lo que piensa la embarra. (Hay evidencias que sustentarían la razonabilidad de esta medida). Por otra parte sorprende la docilidad con que el candidato la ha aceptado. La sinceridad o la franqueza, que algunos tomaban como parte importante de su atractivo personal y político, le han sido prohibidas por orden médica y el candidato acata. Se ha vuelto un candidato muy producido, como lo señaló Maggi ("hasta los propios votantes de Mujica sienten que son encubridores de un candidato que es de una manera y finge que es de otra"; El País, 30-VIII-09). Lo peor ha sido la desautorización, por el propio candidato, del periodista que publicó -como sin dudas convinieron inicialmente- la versión sin retoques del pensamiento (o como se llame) mujiqueano.
Las campañas electorales incluyen siempre alguna dosis de hipocresía (¿qué es el marketing político si no?). Los candidatos ponen a la luz sus logros y sus virtudes (presuntas o verdaderas) y dejan en la sombra sus defectos o tropiezos, resaltándolos cuando se hallan en el campo del adversario. Algo de eso es comprensible y aún tolerable: se puede descontar junto con el IVA. Lo que es decepcionante es una campaña electoral de mentira, construida íntegramente sobre la simulación.
Otro motivo de asombro surge de constatar el éxito que obtuvo cierto periodismo al retratar desde el comienzo la campaña electoral como un duelo mano a mano entre Lacalle y Mujica al estilo de la película "A la Hora Señalada", y cómo los candidatos entraron por el aro a jugar según ese libreto (taquillero pero absurdo y antipolítico). Gran error. El discurso de Lacalle no tiene que ser contra Mujica (ni sobre Mujica, ni a propósito de Mujica, ni nada) porque él no está compitiendo con Mujica. Entendámonos.
Los jugadores de golf dicen que en ese deporte no se compite con otro jugador sino contra la cancha. Nunca jugué al golf pero sé de automovilismo y en las carreras de rally sucede lo mismo. A diferencia de las carreras de pista en que los competidores tratan de pasarse o de evitar que los otros los pasen, en el rally el tipo corre solo y los desafíos que tiene que superar los pone la ruta: las curvas, los badenes, los pozos, etc. Siempre hay uno que gana, naturalmente, pero a quien se enfrenta y se debe superar es a la ruta.
Lacalle no tiene que ganarle a Mujica: tiene que ganar el corazón de los uruguayos, la confianza de los uruguayos, el voto de los uruguayos. Nos tiene que ganar a nosotros, entusiasmarnos, encender la mecha de la pasión política adormecida y desencantada. Tiene que hablarnos del Uruguay, de lo que somos, de lo que podemos llegar a ser, de los engaños en que nos hemos adormecido y de los logros que podremos alcanzar a poco que volvamos a creer. En esta elección Lacalle se mide con el Uruguay: juega contra la cancha, su desafío es la ruta. ¡Olvídese de lo demás!
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