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Fue la gran revelación del reciente Festival de Cine de San Sebastián, adonde ganó el premio a mejor actor. Él no lo podía creer porque la película "Yo también" fue su primer desafío en el cine.
EL PAÍS DE MADRID | JOSEBA ELOLA
La primera sorpresa al sentarse a hablar con Pablo Pineda es ver la seguridad y el aplomo con que se expresa. Tiene en su forma de hablar gestos de erudito en plena disertación, adquiridos tras años de pronunciar conferencias a diestra y siniestra.
Pablo se recuesta sobre el sofá azul de su casa en Málaga, donde vive con sus padres, habla y mira al cielo. Apoya su antebrazo sobre la cabeza y expresa sus convicciones, gustándose. La segunda sorpresa es su sentido del humor, lo rápido que es. "Menos mal que todavía no me he puesto a mirar en Internet la lista de actores que se han llevado la Concha de Plata, imagínate ¡ver mi nombre en esa lista, mejor que no lo vea!", bromea.
Cualquiera que hable con Pineda verá derrumbados en tres minutos todos los tópicos y prejuicios en torno a la capacidad de una persona con síndrome de Down.
El caso del flamante ganador de la Concha de Plata al mejor actor en San Sebastián es, todo hay que decirlo, atípico. María Teresa, su madre, que lo tuvo a sus 40 años -"yo ya no esperaba tener más hijos", confiesa sentada en el comedor-, tuvo muy claro desde un principio que debía educar a su hijo como a sus tres hermanos. Con la misma obligación de hacerse la cama, estudiar y esforzarse. María Teresa no tardó en darse cuenta de las capacidades de su hijo. "Desde muy pequeñito tenía un sentido del humor peculiar", cuenta ella. "Hacía chistes con nosotros y ya era capaz de reírse de sí mismo. Para ese tipo de humor tienes que darle la vuelta a las situaciones".
Así que Pablo estudió y estudió, sus padres lucharon porque fuera al colegio y al instituto en tiempos en que ver a un down en clase era algo extraordinario; se sacó su diplomatura de Magisterio, empezó la carrera de Psicopedagogía -de la que le quedan cuatro asignaturas-, se convirtió en el primer universitario down de Europa; y poco tardó en convertirse en voz, y más aún, referencia, de los españoles con el cromosoma 21 alterado.
OTRO RETO. No contento con eso, se animó a embarcarse en una película, Yo también, inspirada en su vida, en la que compone un trabajo sorprendente. Sólo le quedaba ya llevarse la Concha de Plata al mejor actor. Pues aquí la tiene, reluciente, con su nombre grabado, reposando sobre una mesa de mármol. "Hay que pensar que entre los nominados estaban ¡Ricardo Darín y Robert Duvall! Cuando me llamaron para decirme que había ganado el premio, me puse a llorar como una magdalena y pensé: ¡San Sebastián se ha vuelto loco! ¡Si acabo de empezar, si soy el triunfito del cine!", exclama entre risas.
Yo también es una película que, huyendo de la sensiblería y el paternalismo de tantas otras de su especie, cuenta la historia de un chico down muy listo que entra a trabajar en una oficina y se enamora de su compañera, una mujer sexualmente activa, pero incapaz de enamorarse.
Pablo Pineda dice que es muy difícil una relación entre un chico down y una chica que no lo es. "Yo intento que ese tipo de relación sea posible y quiero que lo sea. Pero no es fácil. Y no es culpa de los down, yo pienso que podemos amar. El problema es de las chicas, que nos ven como el eterno amigo, pero no quieren comprometerse a nada. No sé si por el miedo al qué dirán, como pasaba en su momento con los negros. `Papá, mira, que tengo un novio con síndrome de Down`. Complicado, ¿no? Es curioso, porque parece que la gente considerara que los down no tenemos necesidades sexuales, las chicas nos ven como asexuados. Pero cuando dos down están juntos, parece que somos los salidos".
EJEMPLAR. La vida de Pablo Pineda, de 35 años, no es una vida corriente. Ha trabajado como orientador social en el Ayuntamiento de Málaga. Le citan para dar conferencias y sensibilizar a la gente en torno a los prejuicios y el paternalismo que nuestra sociedad derrocha hacia los down. Ha ganado un premio de interpretación. Y todo eso, tras años duros, los de la adolescencia, en que tuvo que ganarse a sus compañeros de clase para que lo admitieran.
Se enteró de su condición de down a los siete años, cuando un profesor se lo explicó. Sus padres no le habían dicho nada. Sus profesores de instituto llegaron a votar si debían o no aceptarlo como alumno. Se los fue ganando uno a uno. No se cortaba un pelo, levantaba el dedo en clase, preguntaba. Y claro, no hacía preguntas tontas, con lo cual iba derribando tópicos y abriendo o cerrando bocas, según se mire.
Su padre, jefe de sala del Teatro Cervantes, y su madre le iniciaron en la lectura. Le ponían a Beethoven, le obligaban a que se esforzase. Cuanto más le enseñaban, menos le costaba a él aprender. Cuanto más confiaban en él, más autoestima le insuflaban. Todo un éxito basado en huir de la sobreprotección, la que lleva a considerar a un down como alguien que no se puede valer por sí mismo. Hay downs y downs, eso también está claro.
A Pineda le educaron para que fuera autónomo, y lo consiguieron. Se ha ido de viaje a Puerto Rico solo. Está estudiando unas oposiciones para obtener plaza de funcionario en el Ayuntamiento de Málaga, en el área de Bienestar Social. Es gran admirador de Nelson Mandela -"simboliza el no conformarse con lo que hay"-. Y afirma que siempre ha sido progresista. De la gestión de Rodríguez Zapatero ante la crisis dice: "El hombre hace lo que buenamente puede. Recibe presiones por todos los lados".
-La lucha contra el paternalismo y los prejuicios de la gente es de lo más duro, ¿no?
-Sí, y el tener que demostrar cada día que puedes, que eres competente. Pero, claro, ¿qué haces cuando alguien bienintencionado te toma de la mano para ayudarte a cruzar la calle? Pues uno intenta ser lo más educado posible. Romper esas barreras es difícil.
-¿En qué falla esta sociedad en su trato con los down?
-Yo siempre digo a los padres que saquen a sus hijos a la calle, que no les sobre protejan. La sobreprotección es perniciosa. El niño tiene que saber lo que hay, tiene que luchar, y sufrir; no se le puede meter en una urna de cristal.
-Habla usted con mucha seguridad y aplomo. ¿Siempre ha sido así o es fruto de su experiencia como conferenciante?
-Son ideas que siempre he tenido muy claras desde niño. También me ha ayudado estudiar Magisterio y Psicopedagogía, la carrera te da una visión de las cosas. Esa convicción la tengo porque he vivido, porque he tenido experiencias y porque he estudiado.
Pablo es un hombre en tierra de nadie, como el personaje que interpreta en la película. Rara avis entre sus amigos down, pero marcado por esa etiqueta entre los normales: "La etiqueta de down es pesada, es absorbente. A mí me pasa como a mi personaje, estoy en esa especie de tierra de nadie, en medio de los dos frentes. Es curioso cómo los down sí sienten que soy su amigo cuando me ven, aunque no me conozcan de nada. Y los normales me ven como down. Estoy entre dos tierras, como dice la canción. Es duro. Se tiene un sentimiento de soledad, de soledad".
CARLOS BOYERO - EL PAÍS
Observando la personalidad y escuchando las palabras de pablo pineda, un hombre con síndrome de down y cerebro transparentemente superdotado, en la tan arriesgada como conseguida yo, también, imaginas que no hay nada postizo en él, que aunque haga y diga lo que le exigen los directores de la película, aunque su personaje pertenezca a la ficción y esté desarrollado en un guión, no ha tenido que hacer el menor esfuerzo para mostrar tanta inteligencia, un agudo y desarmante sentido del humor en réplicas y contrarréplicas, lacerante vulnerabilidad, capacidad para reírse de sí mismo y de los demás, hambre de amor, una mirada compleja sobre las personas y las cosas.
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