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JORGE ABBONDANZA
La actuación siempre ha sido un factor decisivo entre los hechizos que pudo ejercer el cine sobre su público, no sólo por el potencial del estrellato -desde Valentino y Greta Garbo hasta Meryl Streep- sino por la personalidad que podían lucir esos actores, conquistando a la platea con la sonrisa ladeada de Clark Gable, los amaneramientos de Bette Davis o la mirada rapaz de Glenn Close. En medio de los altibajos del negocio y de la suerte no siempre favorable de las boleterías, la gente ha seguido yendo al cine porque los actores la convocaban desde la pantalla, y no tanto porque Visconti, Bergman o Kurosawa desplegaran su talento. Tenía razón Gloria Swanson cuando decía en El ocaso de una vida (enfrentada al chorro de luz del proyector) que las luminarias del pasado tenían rostros, y con esos rostros conquistaban a las multitudes.
Lo que los abuelos querían era ver sonreír a la divina Hedy Lamarr en Argelia. Lo que los padres querían era mirar a la joven Elizabeth Taylor seduciendo a Montgomery Clift en Ambiciones que matan. Lo que quieren los espectadores de hoy es ver cómo Julia Roberts o Cameron Díaz siguen cautivando a los galanes a cambio de los veinticinco millones de dólares que esas cuarentonas cobran por cada película. Es cierto sin embargo que al margen del gran negocio va quedando un saldo cada vez más escaso de auténtica belleza, como el de la italiana Mónica Bellucci, que trabaja en cine francés por el simple hecho de que está casada con Vincent Cassel (el hijo de Jean-Pierre) y vive en París. Pero no hay muchas más en esta época de devaluación del estrellato.
Más allá de esos resplandores, está lo que realmente importa, el talento. Claro que no siempre se toma en cuenta el nivel de rendimiento de un elenco, pero cuando el espectador repara en esos signos de calidad puede tener un disfrute que no se saborea todos los días. Uno de esos placeres lo depara una película argentina estrenada hace dos días en Montevideo. Se llama El secreto de sus ojos y no sólo tiene a Ricardo Darín como estupendo protagonista de su intriga de crímenes, sino que en papeles secundarios dispone de una serie de actrices y actores (Soledad Villamil, Pablo Rago, sobre todo Guillermo Francella) que entregan una demostración de naturalidad y un promedio de convicción capaces de seducir a cualquiera. Parece bueno reconocerlo, porque la crítica de cine consiste en sacarse el sombrero ante el talento cada vez que se hace presente.
El caso de Francella es ejemplar. El comediante se ha hecho famoso en labores de televisión no siempre estimables, y ha ensanchado su carrera con temporadas teatrales casi siempre en el terreno cómico. Pero en este caso compone con inteligencia un personaje lateral y creíble, un dipsómano que aconseja al protagonista sobre el entretelón de un asesinato y tiene un par de momentos de notable disfrute. Vale la pena paladear a esos actores mientras el relato avanza sobre el empecinamiento de un funcionario judicial para llegar al fondo de un caso penal nada sencillo.
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