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Julia Rodríguez Larreta
A medida que se acorta el plazo para llegar a las elecciones del 25 de octubre, más notoria se hace la falta de un debate entre los candidatos a la Presidencia. En especial entre los que tienen marcada la posibilidad de triunfo, o sea, Luis Alberto Lacalle y José Mujica. Sin embargo, todo indica que la ciudadanía se quedará con las ganas y no porque ninguno de los dos quiera enfrentar el desafío que esto supone. Sino porque las reiteradas invitaciones del candidato del Partido Nacional para debatir con su principal adversario político, han sido rehuidas una y otra vez por el representante del Frente Amplio.
Justamente cuando los sondeos de opinión muestran un aumento de los indecisos, si bien no se puede caer en el simplismo de creer que éste es el elemento que les falta para decidirse, su realización se presenta como aún más perentoria. La falta de una instancia de estas características, tiene mucho de irrespeto hacia los votantes, los cuales tienen derecho, antes de acudir a las urnas, antes de llevar a cabo una de las acciones más trascendentes, si no la más, que les otorga y les reclama el sistema democrático de gobierno a las máximas oportunidades para analizar y comparar a aquellos que compiten por obtener nada menos que la conducción del país.
Los debates no deberían ser algo descartable, que se hace o no, de acuerdo a los intereses personales del candidato o su entorno. Se trata de una herramienta importante para el ciudadano que debe determinar su voto o reasegurarse en su tal vez, ya tomada decisión. A través de la pantalla, del encuentro televisivo, hombres y mujeres, el ciudadano común, pueden así escuchar el contraste de propuestas, la profundidad de los argumentos, la solidez con que se transmiten las ideas, el contrapunto de las distintas posiciones y puntos de vista, las diversas concepciones políticas y filosóficas, la credibilidad y la solvencia que emana de cada uno y por qué no, las coincidencias que puedan haber. Al tiempo de poder observar también, lo que transmite el lenguaje corporal, la mirada, el gesto, la forma de expresarse o, simplemente, lo que se desprende de la actitud de los personajes en cuestión.
Cualquier candidato que se sienta seguro de sí mismo, de lo que propone y de lo que ofrece, no debería negarse a esta oportunidad de conectarse con los electores. De lo contrario cabe preguntarse: ¿por qué se niega? ¿Qué quiere ocultar? ¿A qué le teme?
Luis Alberto Lacalle nunca ha querido esquivar el bulto, como lo hace José Mujica, y siempre ha estado dispuesto a debatir, tal como lo hizo con Jorge Batlle, en agosto de 1989. Coherente con su pensamiento y su postura anterior, lo mismo que con su convicción de que es ésta una instancia valiosa para la reafirmación de los procederes democráticos, inclusive antes de las internas y sin todavía saber si sería el elegido del Partido Nacional o quién su contrincante de primera magnitud, no dudó en tirar el guante.
Del momento en que Mujica decidió incursionar por el camino político, habiendo quedado atrás los tiempos del accionar delictivo y clandestino, que no se sienta comprometido como persona pública que aspira -ahora por medio de las urnas- a acceder al poder máximo, es lamentable. Le saca el cuerpo a una oportunidad que contribuye al esclarecimiento del electorado, más allá de que el frentista y sus correligionarios, disponen regularmente de mayores espacios de tiempo para sus discursos, en los noticieros de la televisión abierta. Y ni qué decir, de las del Estado y de la Intendencia, (solventados por todos nosotros los contribuyentes), lo cual les ha hecho protagonistas de una situación escandalosamente desequilibrada, en cuanto a exposición mediática y acceso a los televidentes. A lo cual se suma su programa radial diario, una especie de Aló Presidente (Chávez) a la uruguaya, en los que ha hablado de todo un poco desde hace años.
Pero otra cosa es un mano a mano entre los dos rivales y no es serio, proponer como ya se hizo, que quien debata con el candidato nacionalista sea el candidato a vice, o como última picardía, la idea lanzada de un sui géneris concierto a cuatro manos, porque quienes compiten por la máxima magistratura, sin por ello desmerecer a los que tienen menores chances (de acuerdo a los sondeos), son Lacalle y Mujica.
Por algo, en la democracia más sólida y de más larga historia -la norteamericana-, cualidad que nadie puede dejar de reconocer, por más "antiyanqui" que se sea, es de rigor el debate entre los rivales, costumbre que se da también en el correr de las primarias. Una vez dirimidas éstas y alcanzado el momento de la contienda final, llegan a haber hasta tres debates, centrados en distintos temas cada uno, tal como se pudo apreciar urbi et orbi con los llevados a cabo por Barack Obama y John McCain, a finales del 2008. Práctica impuesta a partir del invento de la televisión, y de la primera polémica ocurrida entre John Kennedy y Richard Nixon en 1960.
Sin embargo, visto el escándalo provocado con el libro Coloquios, de cuyo contenido se quiso escabullir Mujica con excusas como "frases fuera de contexto" o echándole la culpa al autor. Dado el pensamiento que se trasunta y su negativo impacto, es difícil que acepte el reto, tal vez por aquello de que el pez por la boca muere.
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