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LEONARDO GUZMÁN
Esto de que haya más comentaristas vistosos que jugadores brillantes da para sobrevivir en repechajes. Pero triunfar es otra cosa. Y esto de glosar encuestas y comentar campañas da para barruntar qué harán los otros. Pero definir qué queremos es otra cosa.
La nación surge de la actitud de sus hijos. Es lo que su gente bendice y aspira o reprueba y combate. Se expresa en las urnas cada quinquenio, pero palpita en cada segundo de las 8.760 horas de cada año, en las que unos y otros afirman o niegan valores. El resultado es un país que ensancha su horizonte si aplica su inteligencia y su voluntad -su espíritu; o lo achica, si instaura el renunciamiento y la frustración llamándole estar "en la lucha" a tomar mate en camiseta.
Por eso, definamos por nosotros mismos la clase de vida en que queremos inscribir la libertad que la Constitución nos reconoce por el hecho de nacer humanos. La pregunta sobre a quién votar dentro de nueve días implica la vieja cuestión Quo vadis? -¿a dónde vas? Si nos escuchamos por encima de extremismos -Estado todo o Estado nada- las respuestas brotan de la conciencia.
Queremos ciudadanos henchidos de los derechos propios e imbuidos de los ajenos que generen seguridad espontánea. No los queremos degradados por la desconfianza que hoy herrumbra las relaciones humanas. Queremos gobernantes con pensar firme y conocido, que no teman ni razones ni preguntas. No queremos que el poder del Estado caiga en manos de quien escapa a los periodistas por miedo, prefiriendo no responder por sus dichos. Eso es impropio de un discurrir racional e inhabilita para ejercer la simple presidencia de un club de bochas.
Queremos un país capaz de admirar desde el ideario de Rodó, de exaltar el alma desde Sábat Ercasty y amar sangre y tierra desde Frugoni y Sara y Roberto Ibáñez, sin resignarse a los grises de Benedetti y sin sentirse paisito: toda nación y todo hombre, por ser porción de infinito, es un infinito en sí, y debe erguirse para serlo en acto y no sólo en potencia.
Queremos un Uruguay donde los derechos de la personalidad -consagrados por la Constitución más allá de su letra- tengan como límite la ley, dictada en nombre del interés general o el bien común y no instaurada por "la sociedad" caricaturizada desde una ideología oficial. Queremos que el Estado no se confunda con el partido que gobierna, ni en los estrados ni en los carteles reeleccionistas; y queremos mandatarios que no vivan declarando la guerra -ni siquiera verbal- a quienes se opongan a sus designios o a quienes gobernaron quince o treinta años atrás: queremos que revivan la historia nacional del acuerdo y la amnistía en vez de chapotear en juicio y castigo retro.
Queremos un país donde el Presidente cumpla su juramento y no se entrometa en la campaña electoral, ni para reprender a candidatos ajenos o propios ni para declararse repugnado por atribuirle intención política a las crónicas de robos, asaltos y asesinatos, en vez de compungirse por cada víctima en que se incumple el deber público de asegurarle los derechos, según manda el art. 7º de la Constitución.
Queremos, aun cuando discrepemos hondo, enorgulle-cernos del espíritu, el gesto y el lenguaje de nuestros gobernantes.
Y porque el hombre completo busca a la vez crear y compartir, seamos de izquierda, centro o derecha, queremos un país cuya síntesis no surja de la guerra de clases sino de los ideales que engendra la entraña de la libertad.
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