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 Miércoles 14.10.2009, 21:09 hs l Montevideo, Uruguay
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Editorial


[EDITORIAL]

Política y amenazas

El presidente de la República formuló declaraciones sobre la inseguridad. Lo hizo el martes 6, utilizando términos nada habituales para aludir al "manejo liviano" y la "irresponsabilidad" del periodismo que se ocupa del tema. Esas expresiones pueden haber dejado pasmadas a varias categorías de ciudadanos:

1) a los particulares que debieron enrejar puertas y ventanas de sus casas para resistir de alguna manera al asedio de la delincuencia. Esos barrotes que han desfigurado barrios enteros, asumen un significado irónico, porque la gente honesta está así entre rejas, pero muchos delincuentes -mayores y menores- están libres.

2) a los comerciantes que están soportando la peor parte del actual apogeo de la criminalidad. Hay locales (farmacias, minimercados, estaciones de servicio, kioscos, agencias de cobranzas), que han sido asaltados dos veces en 24 horas, pero hay otros que fueron robados tres veces por el mismo individuo y aún otros que fueron asaltados siete veces en los últimos seis meses. El presidente no habló del estado de ánimo de esas víctimas, muchas de las cuales se dan por vencidas y piensan cerrar definitivamente su negocio.

3) a los testigos de una tendencia judicial que consiste en devolver los menores infractores a sus padres. Cuando un magistrado resuelve entregar un delincuente juvenil a su familia, declara que lo pone en manos de sus "responsables", que suelen ser el padre, la madre o ambos progenitores, pero sabe que lo confía a la misma gente que fue incapaz de amparar al adolescente en un ámbito familiar, dejándolo mayormente en la calle sin estudiar ni trabajar, y muchas veces consumiendo drogas. De ese círculo vicioso tampoco se habla en los discursos presidenciales ni en las declaraciones de otros funcionarios.

Los términos en que el jefe de Estado habló de la inseguridad, pueden entenderse considerando su situación personal. Debe ser fácil relativizar los riesgos que supone la delincuencia -como él lo hizo- cuando uno tiene su domicilio custodiado de día y de noche por una guardia policial y cuando sale a la calle acompañado de guardaespaldas. Esas ventajas (propias de su investidura, desde luego) colocan a los dignatarios al margen de los peligros y amenazas que soporta el resto de la población, y pueden explicar que al presidente le moleste tanto la crónica policial, a la que atribuye intenciones políticas, agregando que su enfoque de la inseguridad equivale a "una estafa intelectual y una irresponsabilidad ciudadana", porque según él reduce el fenómeno a "un problema entre policías y bandidos".

Cuando el presidente se refirió a las páginas policiales de la prensa, señaló que esas crónicas pueden ser "denigrantes del oficio periodístico". En todo caso, el reproche podría complementarse agregando que la ineficiencia del Ministerio del Interior para defender a los ciudadanos contra el embate de la criminalidad, podría denigrar el oficio político, que es en definitiva el sostén de toda gestión de gobierno. Pero el presidente no hizo mención del precario rendimiento de esa secretaría de Estado. Tampoco aludió al peligro que corre la gente común de ser asaltada en la esquina de su casa, sufrir un arrebato al salir de un banco o ser rapiñada en el interior de su casa -por no hablar de los taxistas y conductores de ómnibus-, lo cual configura un cuadro de agresiones que recae con frecuencia sobre ancianos indefensos y mujeres solas, o incluso delante de la vista de niños aterrorizados. Esa omisión del discurso del mandatario también es una forma de incurrir en cierta irresponsabilidad.

En medio de las durezas con que el presidente calificó al periodismo en materia de inseguridad, llegó a acusarlo de "convertir el dolor ajeno en negocio o campaña política" al reseñar los hechos de sangre. Curiosamente, no tuvo expresiones de parecido rigor para referirse a una criminalidad cuya escalada de violencia (balazos a quemarropa, asesinatos por la espalda, tiroteos con la policía) no tiene precedentes en este país y mantiene a los habitantes en estado de zozobra, cada día con más miedo, soportando una sensación de peligro para la vida propia y ajena que también aumenta. Eso no se combate con palabras en medio de un acto político que quiso ser solamente una visita oficial al interior. Tampoco se supera descalificando al periodismo, que es apenas un espejo de la dramática realidad.

El País Digital

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