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 Sábado 10.10.2009, 07:46 hs l Montevideo, Uruguay
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Editorial


Crónicas de luz y sombras

Franklin D. Roosevelt, la sonrisa al poder

Luciano Álvarez

En 1929, abandonado circunstancialmente por la política, Winston Churchill buscaba nuevos intereses para luchar contra la depresión, ese estado de ánimo, ese "perro negro" que le persiguió toda su vida. Fue entonces cuando sucumbió a la tentación del momento: la especulación bursátil. Por esos días, un millón y medio de personas tenían cuentas en las firmas pertenecientes a las 29 bolsas de valores de los Estados Unidos y casi un 75% de las familias tenían alguna inversión de ese tipo.

En la mañana del jueves 24 de Octubre de 1929 Churchill, estaba en la galería de la Bolsa de New York y presenció el pánico que produjo una oferta de casi trece millones de acciones, frente a una demanda prácticamente nula. El gran estadista británico estaba entre los perdedores.

"Pese a su experiencia y sus innumerables vinculaciones, no estaba mejor informado que el común de los especuladores de la calle", comenta el historiador Paul Johnson. Al día siguiente el presidente Herbert Hoover procuraba infundir una imposible calma diciendo que "El negocio fundamental del país, la producción y distribución de mercancías, se encuentra sobre firmes y prósperas bases".

Hacía sólo siete meses y veinte días que había jurado como trigésimo primer Presidente de los Estados Unidos.

Este ingeniero de 54 años, hijo de un herrero cuáquero de Oregon, había realizado sobrados méritos para llegar al cargo. Era un individuo de sólida formación, inteligente y culto que había combinado la actividad académica con el desempeño en su profesión; hizo fortuna gestionando minas e industrias en China y Europa.

Al estallar la Primera Guerra, Hoover se comprometió con la ayuda humanitaria y se destacó por la organización del envío de alimentos a los países aliados y a la Unión Soviética. Desde 1921 era Secretario de Comercio. Cuando asumió, el Boston Globe lo definió como "el gran ingeniero, el que conocía la ciencia del gobierno y la dinámica del conocimiento eficaz". Muchos pensaban así.

El eslogan de su campaña había sido "¿Por qué cambiar?"; todo parecía augurarle una presidencia tranquila, en medio de una prosperidad creciente.

Sin embargo, para su desgracia y a pesar de poner en marcha muchas de las medidas que harían célebre a su sucesor, no pudo con la crisis y su nombre se convirtió en el prefijo de las metáforas de la Gran Depresión: los asentamientos precarios se llamaron "Hoovervilles", pero también hubo "hooversábanas", los diarios con los que la gente se cubría del frío, "hoovercarros" (automóviles convertidos en carros tirados por mulas), "hooverflags" (banderas Hoover, el bolsillo vacío dado vuelta hacia fuera).

No hay hombre que pueda vencer al sarcasmo cuando se ha instalado en la cultura popular.

Hoover se obstinaba en decir: "El país tiene necesidad de desahogarse en una gran carcajada. […]. Si alguno lograse inventar una buena broma cada diez días, creo que nuestras penas terminarían." Pero el ilustre inquilino de la Casa Blanca no era el hombre indicado para esa tarea. El Secretario de Estado, Henry Stimson, evitaba en lo posible encontrarse con él, "para escapar al sentimiento de fracaso permanente que impregna todo lo que se relaciona con el gobierno. No recuerdo una sola de las reuniones del último año y medio en la que se haya dicho un solo chiste."

La sonrisa y los chistes los pondría su adversario, Franklin Delano Roosevelt, el candidato demócrata a la presidencia en 1932. Más aún, hay quienes sostienen que fue el primer político en usar, como gesto distintivo de su campaña, una sonrisa de oreja a oreja.

Roosevelt tenía 50 años y era hijo de una de las más antiguas y aristocráticas familias del estado de New York. En 1910 había iniciado una discreta carrera política; en 1928 llegó a gobernador de New York, siete años después de sufrir una poliomielitis que le dejó postrado en una silla de ruedas para el resto de su vida.

Cuando lanzó su candidatura a la presidencia, algunos de los comentaristas políticos más influyentes lo ningunearon sin ahorrar ironías.

Elmer Davis escribió en el New York Times que los demócratas han elegido "al hombre, probablemente, más débil entre la docena de aspirantes a presidente". Charles Willis Thompson lo comparó con Franklin Pierce, quien, en 1852, había llegado a presidente de manera absolutamente casual, puesto que los demócratas lo habían propuesto como candidato sólo porque estaban convencidos de que perderían esas elecciones.

Walter Lippman, desde su famosa columna en el New York Herald Tribune lo descalificó así: "Es un hombre agradable, sin ninguna calificación significativa para ocupar la oficina oval, aunque es evidente que le gustaría mucho ser presidente."

Herbert Hoover, candidato a la reelección, no era, entonces, el único que pensaba que su contrincante no era más que un camaleón político, un mero demagogo.

Pero mientras los epítetos destruían al presidente, Roosevelt inventaba nuevas formas de hacer política y lograba expresar su programa a través de algunos términos breves y contundentes ("catch phrase").

En un país donde todos parecían haber perdido la dignidad, Roosevelt proponía "barajar y dar de nuevo", este es el sentido popular de la expresión "New Deal", con el voto del "hombre olvidado" (The Forgotten Man), que era, en realidad, el título de un famoso ensayo de William Graham Sumner (1916) de donde lo tomó Raymond Moley, miembro de su famoso equipo de asesores, conocido como el "Brain Trust".

Sus discursos eran simples y contundentes. El 2 de julio de 1932, ante la Convención demócrata dijo: "Les prometo, me prometo, un «New Deal» para el pueblo estadounidense. Seamos todos nosotros aquí reunidos profetas de un nuevo orden de competencia y de coraje."

Aquel hombre seguro de sí mismo, que parecía haber sido "psicoanalizado por Dios", como dijo uno de sus asesores, apoyado en una sonrisa contagiosa, una voz grave, cálida y suave, llevará estos conceptos a través treinta y dos estados y veinte mil kilómetros en ocho semanas; pronunciará dieciséis importantes discursos y sesenta y siete menores, redactados por su "Brain trust", a los que Roosevelt agregará siempre su toque personal, surgido de una notable agilidad mental y de la apelación a "recuerdos y anécdotas que vienen en tropel a su mente".

Franklin D. Roosevelt fue elegido presidente el 8 de noviembre de 1932 y pasará a la historia como el único hombre que fue cuatro veces presidente de los EE. UU., como el líder que sacó a su país de la Depresión y el estadista que lo llevó a la victoria en la segunda Guerra Mundial. Murió siendo presidente, el 12 de abril de 1945.

Herbert Hoover supo ser más grande que sus desgracias. Nunca dejó de trabajar, los presidentes Truman y Eisenhower requirieron sus servicios de organizador eficiente y continuó publicando artículos y libros hasta el mismo día de su muerte, a los 90 años en la ciudad de New York el 20 de octubre de 1964.

El País Digital

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