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Se le atribuye a Joseph de Maistre -político e ideólogo ultramontano francés nacido en Cerdeña en 1754- haber dejado a la posteridad una opinión por demás inquietante: "Toda nación tiene el gobierno que se merece".
No sabemos si estas palabras tienen alguna intención despectiva contra las manifestaciones populares o si reflejan la creencia de que la sociedad debe estar bajo la guía eclesiástica y papal y, por consiguiente, el pueblo que se aparta de este tipo de conducción cae en lo que parece insinuar dicha sentencia.
Como De Maistre falleció el mismo año, 1821, que Napoleón, su vida transcurrió durante un período en el que, en el continente, la democracia era una rara concepción política mal determinada y peor ejecutada.
Es que se estaba pasando del antiguo régimen de monarquía absoluta a la efervescencia revolucionaria que, si bien habla de libertad, igualdad y fraternidad, también prescribía, en la constitución de 1793 que no entró nunca en vigencia, que la soberanía de la nación francesa radica en el pueblo o en una parte de él. Luego sobrevinieron las guerras napoleónicas -muerte y destrucción por doquier- y el restablecimiento de distintas monarquías algunas con limitaciones y otras con promisorios avances. En este contexto, la enigmática frase de De Maistre puede dar lugar, como se ve, a variedad de interpretaciones.
¿Podemos aplicarla a la realidad actual? Creemos que sí. Incluso, pensamos que en todos los países en los que rige el sistema democrático es la ciudadanía de cada uno de ellos la que elige a su propio gobierno y, por tanto, resulta obvio que es ella la que se hace acreedora a ese gobierno en particular. Surge, así, el gobierno que "se merece".
Ante cada elección democrática pues, toda nación es sometida a una prueba terminante: de su ciudadanía dependerá el rumbo que ha de tomar, el gobierno que "se merezca". Esta es la sanísima incógnita que siempre se ha de presentar, con sus virtudes y sus riesgos, porque -nunca hay que olvidarlo- el pueblo también puede equivocarse.
Para los antiguos helenos, la democracia no era un régimen incólume en sí mismo: podía degenerar y transformarse en demagógico.
Para evitar esa degradación no formal sino cualitativa se vuelve menester que se hagan oír voces de alerta, voces que estén más allá de la búsqueda de votos complacientes.
Que correspondan, por ejemplo, a un rey Juan Carlos, cuando le enrostra al presidente Chávez un enérgico "¿Por qué no te callas?" o un presidente Tabaré Vázquez cuando manifiesta que el presidenciable de su propio partido, algunas veces, dice "estupideces que no compartimos".
Pero mucho más importante que esas voces autorizadas es la responsabilidad que tiene el elector común que -en el caso de nuestro país- no debe sucumbir ante el canto de sirenas de un presidenciable que habla como si supiera algo de los temas más complejos, que lanza proyectos que no ha estudiado, que propone traer indios ecuatorianos para sustituir a nuestros hombres de campo (poco propensos a trabajar duramente, según dice) y que considera un ideal utópico a imitar el que ofrecen los bosquimanos porque "laburan dos horas diarias y dedican el resto de la jornada a chimentar".
Y todo esto expresado en su habitual lenguaje chabacano y hasta soez y con una ordinariez incompatible con el alto cargo al que es postulado.
Los uruguayos todos, por supuesto, sentiríamos una profunda vergüenza -que no sería ajena sino propia- si este personaje, tan exitosamente mediático pero vulgar, nos representara ante los pueblos del mundo.
¡El Uruguay no puede caer tan bajo!
No puede figurar en su futuro la posibilidad de convertirse en un simple hazmerreír en un concierto de naciones o en reuniones protocolares.
Nuestro pueblo tendrá la palabra dentro de veinte días. Su decisión será realmente histórica porque está viviendo un momento de inflexión en su destino.
En el examen a que será sometido por el solo hecho de actuar como el único y total elector en nuestra democracia libérrima, estará en juego, a no dudarlo, también la identidad profunda de nuestro pueblo, su naturaleza irrenunciable.
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