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HEBERT GATTO
Es impresión unánime que el nivel de la campaña electoral es de los más bajos de los últimos tiempos. Pobreza en los discursos, polémicas insustanciales, dichos desafortunados y carencias en el tratamiento de los temas que importan, constituyen el común denominador de una instancia más parecida a una riña de adolescentes que a elecciones nacionales.
No alcanza para explicar este fenómeno con atribuirlo a un descenso general en la calidad de los elencos políticos, aunque esto pueda ser parcialmente cierto, porque con ello sólo desplazamos el problema. Parece más fértil atribuir el empobrecimiento a la ausencia de una real diferencia entre las ideologías partidarias, casi todas con similares fundamentos y con una dinámica hacia el centro del espectro que genera la uniformidad de sus propuestas.
Tanto que ha podido afirmarse que en cuanto las izquierdas han perdido esperanzas revolucionarias y se han reinventado como sistémicas, las derechas se han alejado de coqueteos románticos reaccionarios con idénticas consecuencias. En ambos casos la democracia liberal resulta triunfadora indiscutible, lo cual, si no nos arroja en los brazos de Fukuyama, sirve, a lo menos, para moderar desacuerdos, consagrando un resultado funcional para el buen desempeño del Estado de derecho requerido de escenarios no excesivamente polarizados.
Claro está, que como han probado Castoriadis y Lefort, la política democrática genera permanentemente puntos de fuga, tensiones acumulativas y nuevas identidades que erosionan las estructuras, requiriendo incesantemente reajustes, o en el peor de los casos refundaciones. El populismo es una de esas respuestas, y no la más deseable. El personalismo que cubre las deserciones en el desempeño de los partidos y las vacantes ideológicas, es otra. Precisamente la que, junto a la primera, está sufriendo el Uruguay, con partidos que pierden gravitación.
Como consecuencia, el proceso por el que se elige Presidente gravita en desmedro de la elección del Parlamento y obliga a extremar cautelas respecto a la persona que ocupará esa magistratura, cuyos méritos y defectos rebasan programas y partidos. Son muchas las esperanzas depositadas en sus virtudes y demasiadas sus potestades constitucionales, como para olvidar sus carencias.
Hasta ahora, los dos candidatos con más posibilidades han cometido errores de campaña, como, por otra parte, siempre ha sucedido. Solo que esta vez los deslices de Mujica, recurrentes, reiterados y con formato de libro, han alcanzado la categoría de graves profundizando las dudas sobre sus cualidades para una presidencia de la que tanto se espera. No es necesario inventariarlos, ni a ellos ni a los penosos desmentidos subsiguientes; ya los ha calificado el presidente Vázquez.
Importa sí describir, las sugerencias transmitidas al candidato -tal como las detalla el semanario Brecha- para intentar impedir se reiteren en lo que resta de campaña: "Menos apariciones, pero más calificadas en contenido, respuestas breves y contundentes en lugar de largas disertaciones filosofales, contactos más selectivos con medios y periodistas, y una postura presidencial que incorpore desde la gestualidad hasta el vestido". La nota no aclara cómo se aplicarán estas sugerencias si Mujica llegara a la Presidencia.
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