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Muchos jóvenes podrán votar por primera vez el 25 de octubre. Se trata de un sector de la ciudadanía que nació después de la dictadura y ha escuchado hablar de los años 70 como si se tratara de un pasado remoto, una etapa que ellos no vivieron y que por lo tanto está desprovista del impacto que suelen tener los períodos violentos sobre la vida de toda la gente. A causa de ello, la versión que se les cuenta con respecto a aquel momento puede ser incompleta, intencionada y hasta desfigurada por el punto de vista de cada uno, alejándola así de la verdad que los jóvenes necesitarían escuchar y que les resulta indispensable para comprender el pasado. Ahora que se insiste en incluir la enseñanza de ese pasado reciente en el plan de estudios destinado a la juventud, puede ser útil recordar cómo vivieron aquel momento los uruguayos más viejos, a quienes se les vino encima una realidad muy dramática que afectó sus vidas para siempre.
Cuando se habla de esos uruguayos viejos, se alude a una masa de población que durante el terrible deterioro de la vida política y social que tuvo lugar entre fines de los años 60 y comienzos de los 70, fue una gente que siguió a pesar de todo esforzándose por mantener su actividad y su papel dentro del panorama comunitario, confiando quizás en que ese empeño personal ayudaría a salvar una normalidad en peligro. Los uruguayos de aquella época veían cómo el país que habían conocido se hacía pedazos, cómo la realidad se desplomaba y cómo la habitual placidez de la gente iba dejando paso a una zozobra en la cual el miedo fue ocupando un sitio cada día mayor. Un país incruento y notoriamente pacífico no estaba preparado para la incursión de un grupo clandestino de acción directa, que resolvió empuñar las armas para enfrentar el deterioro de la vida política. Esa guerrilla urbana descalabró todos los pactos de convivencia establecidos por los uruguayos, quebró -con razón o sin ella- las normas de esa existencia nacional e impuso (sin emitir un juicio de valor sobre los métodos y las metas de esa lucha) una nueva realidad, que conmocionó al país y que seguramente no fue menos grave que los indicios de corrupción contra la cual los sublevados decían operar.
Ahora se habla de los padecimientos que sufrieron luego esos guerrilleros cuando se los reprimió. Se habla de las torturas que se emplearon contra ellos y de las muertes o desapariciones que se registraron. De lo que no se habla es del estremecimiento que (al margen de esos pocos miles de personas) recayó sobre toda una población que no había optado por la rebelión armada y que sin embargo debió sufrir sus brutales consecuencias.
Se trataba de gente que continuaba trabajando y defendiendo la estabilidad de su vida familiar y sus vínculos sociales, entregando al país lo mejor de sus posibilidades, criando a sus hijos y amparando su entorno cultural, ennobleciendo su oficio, sosteniendo ideas humanitarias, cumpliendo con sus múltiples obligaciones y confiando en la rectitud de su comportamiento y de su esfuerzo de cada día.
Cuarenta años después -sin desestimar la necesidad de revisar y juzgar los atropellos de aquel período- parece una horrible distracción o una inmoralidad ignorar a la masa de otras víctimas de aquel pasado deprimente, que en mayor o menor medida castigó a la población entera y que este país sólo podrá dejar verdaderamente atrás si contempla a todos los que debieron soportarlo y no solamente a quienes (de un lado o del otro) lo protagonizaron con la intención de instalar por las armas un nuevo régimen que entendían más justo o el orden público que otros pretendían tutelar, según los casos. Actualmente puede ser imperdonable hacer creer a los jóvenes que el descalabro nacional obedeció a la acción de un solo bando, pero ese es el riesgo al que se enfrenta el Uruguay, el de difundir un maniqueísmo teñido por un grado de intolerancia similar al que hoy se quiere combatir cuando se habla del país de los años 70. Pintar un cuadro en blanco y negro puede servirle en todo caso a un artista, pero no a un historiador o un cronista político cuando describen la realidad de ayer para iluminar a la gente de hoy. Pensar en blanco y negro es reducir la complejidad de este mundo hasta un extremo grotesco y es condenar a una sociedad a aceptar esa simplificación, condenándonos con ello a vivir nuevamente el pasado desolador que debería quedar atrás.
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