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Antonio Mercader
Son un pelotazo", dijo el director de Planeamiento, Enrique Rubio, cuando le hablaron de los 1.500 funcionarios públicos que entraron al Estado en el último año. Podía pensarse que con lo del "pelotazo" aludía a los funcionarios, pero no es así. En verdad, Rubio apuntaba a quienes denunciaron que la burocracia sigue creciendo. Conmueve comprobar que lo hizo con una expresión futbolera atenta al pedido de Tabaré Vázquez de "bajar la pelota al piso"en la campaña electoral, es decir, suavizar el tono de la contienda.
El problema de Vázquez es que sus propios subordinados no le obedecen y siguen con su estrategia -que es de todo el gobierno- de castigar a Lacalle y levantar centros para que cabecee Mujica. Un ejemplo lo dio su propio hermano, Jorge Vázquez, cuando extrajo cuatro palabras de un discurso de Lacalle para acusarlo de complicidad con el narcotráfico y lavado de dinero. Pelotazo y pico, pues en cualquier parte del mundo, uno de los cargos más graves contra un presidenciable es insinuar que tendrá mano blanda en el combate a los narcos.
Jorge Vázquez, prosecretario de presidencia y responsable de luchar contra la droga, fauleó a Lacalle con su mejor cara de ciudadano contrito que se desvive por la seguridad de todos. Sería bueno saber qué fundamentos tuvo para mezclar a Lacalle en ese asunto, más allá de una frase aislada del candidato sobre la incidencia de las sociedades anónimas en la economía y la necesidad de fomentarlas. Lacalle la dijo ante empresarios, en el contexto de la discusión creada en el país por las trabas impuestas a las explotaciones rurales para actuar como sociedades anónimas.
Vincular esa frase al narcotráfico y el lavado de dinero requiere mucha imaginación. O bastante malicia política, porque el envite de Jorge Vázquez surgió cuando un periodista lo consultó por los dichos de Mujica en esa antología del disparate que es el libro Pepe Coloquios. En vez de contestar como lo hizo su hermano (diciendo que son "simplemente estupideces"), salió por vía oblicua contra Lacalle. Así fue que lo condenó por querer "abrir la puerta que necesitan los narcotraficantes y los lavadores de dinero para operar en el país", una bolea venenosa que acompañó diciendo que el gobierno estadounidense estaba alarmado por esas opiniones del líder nacionalista.
La embajada de Estados Unidos tardó menos de cinco minutos en desmentir que tal inquietud existiera. Jorge Larrañaga se encargó de aclararlo y de probar, de paso, que las sociedades anónimas son de uso normal en nuestro país con la citada salvedad del agro (salvedad muy discutible, por cierto). Tan normal, explicó, que hasta el MPP, la matriz política de Mujica, reviste la forma de sociedad anónima sin que ello permita adjudicarle conexiones con el tráfico de pasta base o cocaína.
Siguiendo la estrategia gubernamental del "pelotazo" contra Lacalle, tras la ofensiva de Jorge Vázquez, saltó Mujica a la cancha citando un discurso de 1963, del entonces ministro de Ganadería, Wilson Ferreira, en donde criticaba a las sociedades anónimas rurales. O sea el discurso de una época en que nadie imaginaba el país forestal y cerealero de hoy. Un remate anacrónico el de Mujica. Y además inoportuno. Porque 1963 fue, precisamente, el año del primer atentado tupamaro contra el gobierno que integraba Wilson, a quien Mujica y sus muchachos calificaban en aquel tiempo de "burgués", "oligarca" y "vendepatria".
Ahora se visten invocando su nombre. ¡Ese sí es un "pelotazo"!
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