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REBAR
Evo Morales todavía dudaba: era brava la cosa, y su Ministro de Economía no terminaba de convencerlo del todo.
-Vamos, presidente... Anímese: el hombre es muy comprensivo y tolerante. Ya ve lo que hizo con nuestro amigo Chávez: hace unos días, lo recibió cordialmente para conversar, olvidándose de que dos años atrás había tenido que gritarle: ¿Por qué no te callas?
-No entrevere los papeles, ministro; el del grito, fue el Rey de España, no el Jefe del Ejecutivo.
-Da lo mismo, porque son voz y eco.
Se trataba de llamar telefónicamente a José Luis Rodríguez Zapatero, para solicitarle una entrevista... un ratito, nada más... para hablar de un asuntito. Finalmente concedida, Evo se dispuso a viajar a España. Abrió de par en par el placard que hace las veces de ropería personal, y repasó su particular vestuario; iría luciendo de boliviano pura raza, con uno de esos atuendos dignos de los concursos de disfraces infantiles que, para terror de la población, organizaba Foto Faig en los carnavales de hace ochenta años. El modelo folclórico elegido era impactante. Un perfil del Altiplano, una llama, una quena, una planta de coca... Casi un mapa.
Y allá marchó Evo hacia los Madriles: cargando la mochila del drama histórico del indígena, con que pudiera conmover al descendiente de los conquistadores hispanos. Llegó al Palacio de la Moncloa, donde le aguardaba Rodríguez Zapatero con su carita de becario de la Asociación Internacional de Buenas Intenciones (AIBI). Pensaba que el asuntito a considerar sería el muy famoso de la salida al mar, por el que lucha Bolivia desde que se inventó el océano. Pero, no. Tanta era la preocupación de don José Luis por el probable tratamiento del tema que, ayudado por su gesto de distraído permanente, le ofreció a Evo... "¿toma un vasito de agua?"
Morales se sintió como desmoralizado, sin valor para tantear cómo se recibiría su planteamiento. Achicado, estaba medioevo. Hasta que cobró coraje y arrancó:
-Don Rodríguez... Colega... Amigo... esté... esté... Vengo a hablarle de la cuentita... esté... de la pequeña deuda que tiene Bolivia con la querida España.
-¡Ah, sí! La de los 85 millones de dólares.
-Dólar más, dólar menos, debe andar por ahí, sí.
Media hora después, el visitante conseguía que se le condonaran 51 millones, y el resto (34 millones) se destinen a programas de educación. Se imponía invitar al donante a devolver la visita, para que el pueblo lo acogiera entre una lluvia de flores.
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