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Martín Aguirre Regules
Un lugar común repetido hasta el hartazgo por los politólogos y "expertos", es que la actual campaña electoral es de un nivel chato, sucia y sin propuestas. ¿Es tan así? ¿Es ello culpa de los candidatos?
En mi caso personal voté por primera vez en el plebiscito de 1992 sobre la Ley de Empresas Públicas, y, si mi memoria no me falla, aquella no fue una campaña donde se tiraran rosas precisamente. Las acusaciones de comunistas retrógrados por un lado, y corruptos vendepatrias por el otro era lo más liviano que se sentía. Y de ahí en adelante la cosa nunca fue mucho mejor.
Otras campañas que he tenido la oportunidad de seguir han sido siempre en la misma tónica. En España, en Argentina, en Estados Unidos, siempre que llegan las horas definitorias, el asunto termina concentrado en ataques entre los candidatos, que buscan demostrarle a la gente que su rival es lo peor que le puede pasar a su país. ¿Por qué acá va a ser diferente?
El otro gran tema es la ausencia de propuestas. Con perdón a los sesudos analistas, creo que eso es falso. En esta campaña se han escuchado propuestas muy interesantes, pero que siempre terminan sepultadas bajo los ataques.
Por ejemplo en su primer esbozo de programa de gobierno, Mujica promovía la creación de un Frigorífico Nacional, idea que luego desestimó a medida que buscaba mostrarse más "moderado". Pero es un tema candente en momentos en que empresas brasileñas están concentrando la propiedad de la mayoría de los frigoríficos, como lo demuestra que ayer mismo un importante productor rural (a quien nadie puede acusar de comunista) planteara algo que tiene alguna semejanza.
Ahora bien, en sus maratones de aparición televisiva ¿alguien le preguntó a Mujica en profundidad sobre el tema? ¿Fue centro del debate electoral aunque sea por un día? No.
Del otro lado pasa lo mismo. Hace unos días, en un acto de la B`nai B`rith y, gracias a la pregunta de un asistente, Lacalle expuso una propuesta para reformar la Suprema Corte de Justicia, elevar a once sus miembros, y en general cambiar radicalmente la organización judicial del país, algo que la misma pide a gritos hace años. Al día siguiente sólo El País mencionó el tema, mientras en el resto de los medios se vertían ríos de tinta sobre si el diputado tal había dicho que el senador cual era un corrupto o un terrorista.
Son sólo dos ejemplos de que propuestas e ideas hay, pero que por algún motivo los encargados de seguir las campañas las consideran secundarias. Los mismos que después exigen indignados a los políticos que levanten el nivel. Pero tampoco cabe cargarle las tintas a los periodistas. Hay una realidad que es imposible de esconder. Ese día en el que salió la nota mencionada sobre la Suprema Corte, la misma ni figuró en el "ranking" de noticias de la página digital de El País, algo que no representa un estudio científico riguroso, pero que permite hacerse una idea de los intereses de la gente. Y lo triste es que se puede notar que a los votantes les resulta más llamativa una campaña donde dos tipos se atacan, que entre dos estadistas que se acribillan a propuestas. Que es más fácil "marketinear" el insulto que las ideas.
Capaz que en vez de echarle la culpa de todos los males a los políticos, habría que buscar más a fondo el origen de este problema.
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